Tendido, o más bien extendido, como lagartija, sobre pieles de oveja, a veces, o petates, frazadas o, simplemente, la grama zaherida, en el poyo de la pequeña casa de su madre, viuda y silente, debajo de algún eucalipto, en la ribera del modesto río grande o detrás de alguna capilla, según le daba la hora su reloj biológico, en la lejana comarca, de cielo limpio y suave brisa, el Púas solía entregarse a las tardes de sol interminables, como quien renuncia a los laberintos de este mundo, en cuerpo y alma, para siempre jamás. No era propiamente un vagabundo. Tenía domicilio conocido, madrugaba a comprar el pan, saludaba a sus vecinos, jugaba al fútbol, como arquero, los sábados, en los duelos que sus contemporáneos improvisaban en un terrero abandonado, a las afueras del pueblo, al que conocían con el nombre de El Panteón Viejo. Por las noches se perdía en interminables vueltas alrededor de la plaza de armas, solo o acompañado de algún cómplice ocasional, aficionado al mismo ademán, mientras duraba el tímido alumbrado público, alimentado por un viejo motor que era apagado al cabo de unas cuatro o cinco horas, para evitar que se funda. No se le conocía trabajo, de los que procuran la manutención con esfuerzo, como todo prójimo, quiero decir. Se lo veía, antes bien, en las peleas de gallos, jugando casino en las veredas, billas o damas chinas, o tomando aguardiente en una conocida cantina inmemorial, hundida en las tinieblas. Por allí, seguramente, le caían algunas monedas, por azar, con las que calmaba, en parte, su hambre y su sed. No se sabe que hubiera tenido afición por lo ajeno, es verdad. Se contentaba con lo que tenía, casi nada, pero suficiente para sobrevivir, con tal que no le faltara el calor del sol cuando llegase la tarde.
Cuando, andando los tiempos, escucho que los rayos del sol son perjudiciales, que producen cáncer de piel y otros males, razón por la cual es menester embadurnarse con ungüentos mágicos, que venden en las farmacias, eso sí, sobre todo en las zonas altoandinas, en la jalca, en los valles interandinos, de escaso oxígeno y veranos espléndidos, me viene a la mente el Púas, un vecino cuya dieta alimentaria, en mi recóndita comarca, estaba constituida en forma casi exclusiva por rayos solares, vespertinos, de preferencia. Si no lo ha matado el cáncer, porque de falta de trabajo o vacío existencial en este país nadie muere, presumo que debe estar feliz, aun cuando un tanto viejo, oscuro y mal oliente, al escuchar que los rayos del sol, sobre todo en las zonas altoandinas, cercanas a la línea ecuatorial, matan al coronavirus, un virus letal, quizá inventado, quizá mutado, quizá salido del quinto infierno, con el que no pueden los sistemas de salud más avanzados del mundo, menos será el nuestro, que casi no existe.
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