Salvo el tapabocas, que todos llevamos con cierta complacencia, como quien se toma una medicina que sabe bien, la vida en las calles ha vuelto a ser precipitadamente la misma de siempre.
Las mismas urgencias, las mismas búsquedas, la misma soledad. El mismo afán, la misma indiferencia, las mismas ausencias.
La sensación de túnel, que retrató en su novelística Ernesto Sábato.
No lo notábamos antes, tampoco ahora, creo, pero los espacios públicos no nos unen. No nos encontramos en ellos.
Somos, en ellos, menos comunes que nunca, es decir, menos comunitarios.
Cuando Paul Sartre se refirió a la cosificación del hombre tuvo en cuenta, sin duda, las explanadas, las colas, las estaciones de espera, los centros de expendio, en los cuales nos hundimos en nuestros pensamientos, irremediablemente aislados, juntos y alejados al propio tiempo, nunca unidos, mientras damos forma, con nuestra materia, definitiva y fugaz, a la urbe, a la metrópoli.
Vamos por las calles, apurados, hacia ninguna parte, o al punto inicial, cada vez más incierto. Nos lleva de las narices una ilusión. Quizá una necesidad inventada. Una rutina, tal vez, que no deja de ser una estructura imaginaria, al fin y al cabo.
¿Será cierto que somos un rebaño, como apuntaba Friedrich Nietzsche?
Sin hablar con nadie –no se habla con un tapabocas–, sin ver nada ni a nadie –no se ven las cosas ni las personas donde, tienes la convicción, habita un ser invisible que te amenaza de muerte–, caída la tarde, regresamos a casa, como quien recupera el aliento.
Dejamos todo atrás, o quisiéramos dejar de alma todo atrás, al abrir la puerta, sobre todo a ese enemigo invisible y gratuito que podría haberse trepado a nuestra respiración, a nuestra mirada, a nuestro abrazo.
El abrazo, más abrazo cada vez, de los nuestros, más nuestros que nunca, nos devuelven la vida –involuntariamente suspendida allá afuera–, en toda su plenitud.
El corazón solo habita acá, a puerta cerrada, los sabemos. Desde acá latirá por los seres queridos, traídos alrededor de la chimenea, por las ondas electromagnéticas.
Los sobrevivientes a ésta pandemia, nos hecho a algunos meditar sobre el valor de la vida, los valores; a otros, cambiar de modos vivendi, para otros sigue igual, etc.
ResponderEliminarRíos Internos, que bullen por volver a encontrar su aparente y regular normalidad, que sin duda ya no arrastraran la esperanza de llegar a la mar de la vida normal. Seguiremos conviviendo con ese mundo virtual, donde el abrazo presencial o el estrechon de manos con los amigos, forman ya parte del pasado. Saludos virtuales, mi estimado amigo Daniel.
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