Tiempo después de haber abandonado la carrera de ingeniería industrial, realizadas las matrículas en el tercer año de derecho, su nueva carrera, luego de un prolongado silencio, con el que amenizábamos la reunión a la sombra de la ponciana que daba a la entrada del pool de aulas de la facultad, que acogía el retorno de vacaciones, como quien proclama la independencia de la patria, Percy nos dijo que, hecho el balance de su vida y paso por la universidad, es decir, por ciencias y letras, había descubierto su verdadera vocación: cultivar las amistades.
Eran tiempos de extrema violencia, política y no política, de inflación sin precedentes, escasez criminal de productos básicos, desempleo generalizado y pérdida de capacidad adquisitiva. En la universidad, en forma señalada, de vértigo, desamparo, desconcierto, evanescencia. El aciago final de los ochentas.
No todos se habían matriculado aquel período académico. El dinero de los bienes vendidos por los padres, o los salarios, devaluados, no alcanzaban para cubrir los estudios, vale decir el hospedaje y la pensión, de la mayoría de nosotros. Algunos abandonaron el país, llevados por promesas de sobrevivencia en otras latitudes. Otros, cuyos nombres han sido borrados por las dunas, se perdieron en la confusa arboleda de sus ideas.
Era un privilegio poder seguir estudiando, para los que logramos matricularnos, llevar una carrera en medio de la hecatombe, aun cuando sin la certeza de lo que sucedería después, una vez que obtuviéramos el título. El sacrificio de nuestros padres y familiares nos daba esa relativa comodidad, a algunos. Otros, los héroes de la época, trabajaban y estudiaban, en un momento en que no había trabajo y los estudios no podían sino ser presenciales.
Celebramos, protegidos por la sombra de la ponciana, aquella mañana soleada de reencuentro, la abrupta vocación de nuestro contertulio, no tan distante de la nuestra, que habíamos descubierto, hacía rato ya, era lidiar con la poesía, esa otra forma de intentar las amistades.
Entrado el año académico, a tres o cuatro semanas, se llevaría a cabo el congreso de filosofía, en la facultad de humanidades, vecina de la nuestra. Esgrima de filósofos materialistas e idealistas acérrimos, más que encuentro teorético. El país se hundía en el caos, el deterioro económico y moral. Como de costumbre, las élites, corrompidas hasta los huesos, no encontraban la tabla de salvación. La autoridad universitaria entendía, entonces, que su compromiso era dar luces, luces en medio de las tinieblas. Qué mejor que un congreso de filosofía.
En el acto inaugural, hechas las presentaciones de estilo, dichas las arengas, terminado el brindis, cuando iba a darse paso al inicio de las ponencias, Percy, que estaba casi en la parte final del auditorio, pidió le permitieran dirigirse al respetable, ante el desconcierto, natural, de la mesa de honor.
Micrófono en mano, ya en el estrado, previa inhalación diafragmática profunda, como quien proclama la independencia de la patria, mirando fijamente el asombrado rostro de la multitud, empezó a cantar, si, a cantar, a capela, Un café para Platón, la emblemática canción de los ochentas, de Fernando Ubiergo, que narra, precisamente, la historia de un muchacho idealista que dejó su carrera, “como un pitillo a medio terminar”, urgido por la realidad.
Saludos Daniel , interesante tu relato que trae el recuerdo de los compañeros y amigos que frecuentamos. Siempre hay uno de que sale de los esquemas, "lo llamamos el loquito" con cariño, pero que existe mucha sinceridad y libertad expresiva en momentos que son no favorables para nuestro desarrollo estudiantil.
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