12 enero 2021

PUERTA CERRADA

 


Acostumbrado a ver el drama humano desde fuera, Manuel Fino no podía creer lo que le decían las cartas. Las juntó en forma parsimoniosa, sin hacer ningún comentario. Los hombres que contemplaban minuciosamente sus gestos, el movimiento de sus manos, sobre todo, quisieron interrogarlo, pero no atinaron siquiera a mover los labios. Tampoco cayeron en cuenta que el aire que se filtraba a través de la rústica puerta de madera era cada vez más frío, la noche más densa y que, ahora, el silencio era absoluto. Atónitos y angustiados, no acertaban sino a mirar, mecánicamente, la mesa cubierta por la manta de lana y sobre ella las manos trémulas del hombre que ocultaba la mirada bajo el ala del sombrero de toquilla, barajando otra vez las cartas. Lo hacía en forma lenta, como queriendo evitar que hablaran, que dijeran su verdad. Finalmente, obedeciendo solamente a su propia voluntad, se fueron ubicando una a una en su lugar, predeterminado, al parecer, exactamente en el mismo orden que la vez primera. Nadie dijo nada. La tenue luz del lamparín de queroseno que diseñaba sombras en la profundidad de la noche, en aquel rincón olvidado del mundo, fue levemente pestañeada por las polillas. Los hombres, empalidecidos, no podían hablar. Sentían el cuello del poncho oprimirles la garganta.

 

No habían visto algo semejante. Tiradas dos veces las cartas arrojaron exactamente el mismo resultado. La verdad había sido dicha en forma reiterada por aquellos cartones inmemoriales, de opacos colores, reyes devastados, corazones definidos, flores negras y espadas inclementes, estaba claro. Manuel Fino la sabía. Era el único que sabía interpretar su lenguaje de superposiciones, junturas y distancias. Sabía quiénes eran los asesinos.

 

El ala del sombrero de toquilla estaba más gacha aún. Los hombres escrutaron bajo ella en forma insistente, con la mirada impersonal, mecánica. Habían venido a saber la verdad. Y la verdad estaba dicha. Esperaban que la pronunciase la única voz capaz de ello.

 

Está bien, dijo por fin Manuel Fino, el tiempo, por ahora, está a su favor. Sé que no quieren testigos. Al salir, ponen candado a la puerta. Los que vengan creerán que fui de viaje.

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