Llegaban de madrugada, antes que la ciudad despertara.
Desde la oscuridad de nuestras habitaciones escuchábamos entrecruzarse, en la calle fría y solitaria, la fuerte respiración de las acémilas, aliviadas ya de su carga, y sus voces, un tanto apagadas por el zumo de la hoja de coca con el que conjuraban el sueño y los fantasmas que acechan en los recodos de los caminos inmemoriales, y, desde luego, los amables ladridos de los perros, de los que llegaban, jadeantes, y de los que esperaban, novedosos y receptivos.
En la medida que iban apilando la carga en los alares –lo percibíamos sin abrir los ojos, simulando estar dormidos–, la casa se iba inundando con el olor del café, parecía recién cosechado, que predominaba sobre el del cacao, no menos fuerte, y el de los alfeñiques, tal vez inadvertidos, pero más esperados.
El silencio, luego, era quebrado apenas por sus medias voces, menos disfónicas cuando más cercano el día, respetuosas de nuestro sueño. Si hubiéramos estado dormidos no habrían logrado despertarnos.
Debieran estar, seguramente, recostados sobre troncos o sentados en las bancas de los corredores, dando golpecitos al calero para sacar la cal con la que ir pinchando, con el chufrán, el bolo de coca, que les deformaba el rostro, pero les daba aplomo, repasando los incidentes de la travesía, en tanto nuestros padres organizaban el desayuno familiar, ahora ampliado con el concurso de los parientes lejanos, que llegaban de lugares remotos, tal vez inexistentes.
Instalado el día en mitad del patio, bajo el duraznero que le daba sombra, sentado en un tronco de capulí, el tío Juan Sánchez, con el sombrero de toquilla sobre la rodilla, contaba las hazañas que habían permitido su arribo.
Venían de un pueblito remoto ubicado por nuestra imaginación en la cuenca occidental del Marañón, rodeado de laderas, envuelto en vapores azufrosos, al norte, muy al norte de Celendín, de tierras cálidas, cubiertas de abundante vegetación, en el que se abrían paso sembríos de coca, café, cacao y caña de azúcar.
Al ritmo de las mulas y un caballo, que cabalgaba el tío Juan, tardaban tres días con sus noches.
Descansaban en cuevas, protegiéndose con hogueras de los pumas, y se alimentaban cuando los asaltaba el hambre, básicamente con harina de cebada mezclada con chancaca rallada, un alimento rico en calorías que les prodigaba la energía para remontar la cuesta Sal si Puedes y bajar la pendiente infinita de Santa Catalina, que da a la Llanga, tributario mayor del Marañón.
Cruzaban la Llanga en su tramo que hunde sus gélidas aguas en el vientre incandescente del valle de Llanguat, despensa frutal de Celendín, en oroya, cuando el caudal era alto, o, a nado libre, cuando era bajo, halando cada hombre una mula, diestra en sortear, en diagonal, las embestidas de las corrientes.
Hechos al calor del valle, esperaban la noche para arribar a la ciudad.
Sabiduría de arrieros.
Que bien Daniel, es reconfortante tus relatos costumbrista y andinos que hace volver a nuestro terruño imaginariamente, es una buena semblanza.
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