02 marzo 2021

SOLEDAD EN EL ADIÓS


 

El funeral, el rito del adiós definitivo, la idealización de la muerte, son atributos de la raza humana, que dan cuenta de su evolución, de su superioridad sobre las demás especies vivientes, al igual que la palabra, la abstracción, la memoria, el razonamiento.

 

Se sabe del dolor de algunas especies ante la muerte de sus semejantes con los cuales ha compartido la odisea de la vida, pero no de rituales parecidos a los humanos. Los especialistas en la materia dicen que existen pruebas, recientemente descubiertas, de que el neandertal habría enterrado a sus muertos, pero no se ha podido establecer que hubiera practicado algún tipo de protocolo fúnebre.

 

La muerte es un hecho biológico y espiritual que, al igual que el nacimiento, forma parte de la vida, es cierto. Ambos, la definen como realidad que existe en el interregno de dos misterios: de dónde venimos y hacia dónde vamos.

 

A diferencia del hecho del nacimiento, que procura la mayor de las alegrías a los progenitores, al ser social y, seguramente, al naciente, sin embargo, el de la muerte causa la más profunda de las tristezas a los deudos, al ser social y, sin duda alguna, al muriente.

 

Es la conciencia de tales hechos la que acentúa su sensibilidad, está claro.

 

Y es conforme a ella que, por otra parte, nos defendemos del suceso crepuscular, que causa dolor, desolación y desdicha sin límites, orfandad de orfandades, mediante el funeral, que nos permite la solidaridad, el abrazo, el llanto, la fuerza espiritual, la certeza de la trascendencia, la resignación. La muerte es menos muerte con el funeral.

 

Pero, oh desdicha suprema, el virus que acecha contra nuestras vidas, que nos tiene secuestrados –en nuestra casa o deambulando por las calles–, que nos mata alevosamente, también nos priva del consuelo del funeral, de la gracia de la despedida final, del adiós de los seres queridos, del río infinito de las lágrimas.

 

Nos golpea en nuestra esencia, en nuestra magnitud, en nuestra altura humana. Nos trata como a rama quebrada, piedra olvidada en las orillas, ave del viento apagada en el trajín de su vuelo.

 

De este ataque también debemos incorporarnos. Salvar la dignidad de la muerte, debemos, defendiéndola de la soledad, de las horas vacías, de la aridez del desierto, de la resignada incineración. Con nuestra solidaridad, nuestro abrazo, el vivificante caudal de nuestro llanto.

 

No debemos permitir que el virus nos siga quitando la vida (ya la ciencia hizo su trabajo), ni que nos siga negando, además, la posibilidad de derrotar a la muerte con la fuerza sobrehumana de nuestro afecto.

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