No existen, por estos lares, campos libres, arroyos, amaneceres susceptibles de ser compartidos con desconocidos como tú, que te mirasen como a su prójimo.
Salvo calles, plazas, que son de nadie, y carreteras, que van a ninguna parte, el horizonte pertenece a alguien, que llegó primero, acaso, heredó, plantó su tienda en forma inconsulta, quizá al estado, que nos representa, según dicen, pero que no es de todos.
Vivimos aislados, distantes, en lugares contiguos.
Vemos el mundo, cada vez más lejano, a través de ventanas cada vez más pequeñas.
Aun cuando, en veces, no tenemos donde caernos muertos tenemos siempre donde ocultarnos vivos.
Lo nuestro es la cobija, el abismo, los túneles.
En un tiempo detenido en la memoria del tiempo un lugar remoto y posible había, allende las travesías, a donde iban los labradores a dejar sus reses, para que crecieran y multiplicaran a voluntad del viento.
Voy al potrero, decían, en cualquier época del año, y el potrero los esperaba, sin límites, retozando en sus llanuras, arropándose en sus montículos, escondiéndose en sus quebradas.
Era el potrero ubérrima libertad, ubre que alimentaba la esperanza común sin ser propiedad privada ni colectiva.
Los que iban a él iban para volver, para traer la vida multiplicada por sus praderas, no para quedarse, ni plantar banderas.
Era, por eso –dices–, horizonte compartido, fuente cuyo destino era la sed, rama que daba sombra al peregrino.
Un día los labradores lo abandonaron, se cansaron de buscar sus silencios, sus arbustos movidos por la soledad, de la humedad de sus cuevas disputadas con los gatopardos, y vinieron a estas parcelas, a esta cadena de islas, a soñar entre linderos.
Los trajo el ruido de los motores, los anuncios luminosos, la estridencia, las avenidas interminables, que parecían comunes y terminaron siendo de nadie.
Se ganaron un espacio, es cierto, siempre hay una mesa para reposar las alegrías y las penas.
Están aquí, ahora. Construyen su soledad junto a la nuestra. Nos reconocemos a través de las ventanas, nos cruzamos en las calles, en la puerta de los mercados.
Añoran, como tú, volver al pasado en que tuvieron la certeza que la tierra no tenía límites, que podían respirar sin que alguien agonizara, hacerse a la sombra de un árbol sin que el árbol les mezquinara su sombra, a contemplar su ganado ganar la pradera que era de todos, compartir el fiambre con desconocidos, contemplar, con ellos, la fiesta de las nubes al despedirse de la tarde.
Pero no, no es posible. El potrero ya no existe. El estado, en nombre de todos, lo cedió a una compañía extranjera, para que se llevara la riqueza que guardaba en sus entrañas.
Solo queda mirar a través de los túneles. Cuidar los linderos.
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