05 abril 2021

DESPEDIDA EN LA MONTAÑA


 

Iba delante. Sus pies encontraban los atajos, en la oscuridad, con mayor facilidad que los de cualquier caminante en la plenitud del día. No imaginaba siluetas en los arbustos, como nosotros, ni lo inquietaban los ramales que se adherían a su poncho de lana a su paso felino por entre la fronda, ni el aletear de algún pájaro trashumante que volaba a ninguna parte, asustado por su repentina presencia. No le había sido dado el miedo.

 

Lo seguíamos en silencio, salvo la respiración acelerada, tratando, por instinto, de pisar sus huellas, que intuíamos, quizá con los ojos cerrados. No debíamos voltear la mirada ciega a si el mundo se cayera a nuestras espaldas y no la volteábamos, no obstante, el acoso del viento contra los escarpados y la huida de algún cazador noctámbulo entre la hojarasca.

 

Mecánicamente nos frotábamos las manos con ruda. La frente, sienes, tras las orejas. Olíamos, aliviados, su olor repelente. Nos protegería de las corrientes malignas, la curiosidad de los espíritus divagantes, los misterios que nos aguardaban en la quebrada, dueños absolutos de la noche.

 

Estrellado el cielo proyectaba mayor oscuridad en la medida que avanzábamos, ahora, a través del caminito serpenteante entre las rocas, superiores a nuestra estatura, algunas.

 

Cuando el frío estaba a punto de cerrarnos las fosas nasales, Pedro se detuvo. Hemos llegado, dijo.

 

Vimos su silueta alejarse un tanto, como para calcular distancias. Regresó. Hizo, con el machete, señales en el aire.

 

Se extendía, a nuestros pies, una diminuta meseta cercada por arbustos, a cuyo lado derecho se imponía un cerro eriazo, y, al izquierdo, deslizaba una falda cubierta de pencas y zarzamoras. No necesitamos luz para ver, siguiendo el brazo instructivo de Pedro, enfrente, a pocos metros, la grieta que se hundía en el bajo vientre del pizarrón lanzado, por las sombras, hasta el firmamento.

 

Nos sentamos, menos Pedro. Dispuso una armada de hoja de coca y nos armamos. Musitaba al tiempo que entregaba la botella a Segundo. Imposible inquirirle. Había entrado en transe.

 

Extendió sus brazos hacia la grieta, más negra en la medida que la mirábamos. Su voz, entonces, rompió los espejos que repetían el paisaje de sombras, en el cenit de la noche. Entonaba una oración en una lengua desconocida. Su timbre era trémulo, pero diáfano. Si alguien estuviese en el vientre de la peña, lo escucharía, sin duda. Al comienzo, imprecó, enérgico; al final, imploró. Lo supimos por los tonos bajos. Al cabo de un rato, con la expresión quebrada como un cristal, cayó de rodillas. Inclinó la cabeza. El silencio reinó un instante eterno. Se puso de pie lentamente, nos encaró y, con un ademán, decretó el retorno.

 

No se puede hacer nada, dijo, poniendo la mano sobre el hombro de Segundo: el alma de tu padre se quedará en la montaña.

 

Al arribar a la comarca, al amanecer, una lámpara suspendida en el dintel, en la casa al final de la calle principal, anunciaba el velorio de Silos Acosta, muerto de una enfermedad desconocida.

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