Desuncidos los bueyes, luego de la dura jornada labriega, y puestos a recuperar, libres, sus energías, en las pasturas adyacentes a la chacra, rica en gramíneas y tréboles, guardados, en el alar de la casa de adobe, el arado y el yugo, Juan Chacatán, lejos de tumbarse a descansar o sentarse a chacchar las hojas de coca que aún le quedaban, en el añoso tronco de capulí, se hacía de cuclillas sobre los pequeños montículos verdes, a la búsqueda de tréboles de cuatro hojas.
Lo hacía en silencio. Ensimismado. Casi como un ritual.
Aun cuando disfrutaba de sentir cómo al ritmo de su pulsación, halado por la yunta, enérgico, el arado abría la tierra, solicita y generosa como la fuente de vida que es, no estaba conforme.
No se resignaba a la sensación de ajenidad que regía su vida.
De qué le servía la sombra del viejo alar, el olor de la tierra recién acariciada por el arado, la obediencia de los bueyes, si nada de ello era suyo.
En algún momento el patrón llegaría. Se pararía en un extremo de la chacra a contemplar con avaricia los surcos, a meritar su fertilidad, a ponderar la futura cosecha, a dar gracias al tiempo y la buena suerte, sin reparar en él, en sus brazos exhaustos y su mirada cansina, como si la tierra se hubiere abierto sola y sola se hubiere realizado la siembra y la deshierba y el aporque.
El día que encontrase un trébol de cuatro hojas eso cambiaría. Le llegaría la fortuna. Testimonios había escuchado de gentes que lo habían encontrado.
Llevaba ya, en su billetera, uno. Pero no le servía. Le había regalado un amigo. Para que cumpliera su misión, tenía que ser encontrado, casi por casualidad.
Lo buscaba, por eso, incluso cuando con fruición, como distraído, como quien no quiere la cosa, como se suele decir.
Pero, el tiempo de la fortuna no lo decide uno mismo. Lo entendió. Y, un buen día, cansado de ser peón del mismo patrón, fuese a buscar mejores destinos, sorteando distancias, al Oriente, a donde, sabía, habían ido varios de sus conocidos, y regresado, pasadas unas lunas, a formar sus hogares y comprar tierras y ganado.
Cómo lo pasaría en el Oriente no se sabe. Qué gente habría conocido, qué lugares. Qué labores habría realizado, teniendo en cuenta que solo sabía labrar la tierra y cuidar de las plantaciones ajenas.
Quien quiera saber de él lo puede encontrar en cualquier esquina de la ciudad, avanzado en su edad, un tanto cansado quizá, ensimismado, esperando la generosidad de unas monedas, siempre ajenas, mientras contempla en su vieja billetera las pequeñas hojas secas de sus tréboles, uno que le regalara un amigo y, otro, la casualidad, que no le trajo la fortuna.
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