28 septiembre 2021

EL VIEJO CORONEL CORTEGANA


Era una veterana e inmensa casa de dos pisos de recias paredes de adobe y techos de teja soldada por el musgo y el intenso rastro de las estaciones. Abarcaba dos esquinas y tal vez media manzana. Lindaba con una calle oscura y un puente de cemento, por la parte posterior; con una calle oscura y empedrada, por la izquierda, respecto de la puerta principal; con una quebrada, que atravesaba la ciudad como una cicatriz, supurante en el invierno, por la derecha, y, por el frente, con la noble calle Ayacucho, una de las más antiguas y asfaltadas de Celendín.


Constaba de dos patios. En la parte frontal, uno pequeño, casi cuadrado, cuya utilidad no pasaba de dar luz a los cuartos de primer y segundo nivel, que fungían, algunos de oficinas administrativas, y, otros, de aulas de clase. El sol, como es lógico, no brillaba igual para todos, pero todos compartíamos el calor del barro blanqueado que cubría sus paredes y de sus pisos entablados.


Por un zaguán por el que con dificultad podían caminar dos personas juntas se accedía al patio mayor, de forma rectangular, en cuya parte trasera, se abría paso, egregia y desolada, la cancha de fulbito, conocida con el nombre de canchón. Célebres, a la izquierda, sus duchas de agua helada y sanitarios de cemento, con simbólicas puertas de tablas de eucalipto sin pulir y llenas de alegorías, área sobre la cual se alzaba la segunda planta de la galería occidental, de asientos de tablas igualmente rústicas. Al frente, la galería oriental, que constaba de dos pisos también, el bajo, de cemento, y, el segundo, de las tablas tantas veces repetidas, recurrentes y hostiles.


En una esquina, casi escondido, al costado izquierdo de la amplia puerta alternativa de salida, estaba lo que, en forma solemne, conocíamos con el nombre de salón de actos.


Pero, es el canchón, ahora imaginario, el remanso de los más vívidos recuerdos, inclusive para los que no practicábamos ningún deporte. Y es que allí, además de las formaciones de ingreso y salida, que encontraban su lado divertido en la ira despeinada del regente que no podía con el despertar hormonal de la masa adolescente, tenía lugar el recreo.


Servía, además, de escenario para competencias de marinera, reinados, encuentros deportivos, presentaciones de artistas, bailes sociales, en las fiestas patronales y jubilares, en las que adquiría, antes bien, ciertos aires de intriga y seducción.


He allí el Coronel Cortegana tal como lo habitan las aves traslúcidas que dan cuenta de los años mozos.


Hablo del templo que fue, no de sus biografías, sin duda infinitas.

No la hojarasca de los otoños sino la polvareda corrosiva del tiempo, acumulada en los balaústres, finalmente lo ha borrado del paisaje, no de la memoria, de la memoria que aún resiste la embestida de los muros levantados sobre su negada simiente.

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