No fue sino cuando empecé los estudios de derecho que fui descubriendo su interrelación con la literatura, es decir, la narrativa, poesía y crítica o ensayística literaria, a cuyas áreas me había aproximado, como lector, antes, en forma empírica, guiado por mi afán existencial de explicarme las causas, los temores, el asombro, lo inextricable de la belleza implícita en las cosas cotidianas, así como en calidad de escriba, de narrativa breve y poesía, sobre todo.
En forma señalada, al llevar el curso de redacción y composición, dictado por un abogado que fungía de escritor —o, quizá, a la inversa—.
Parte del sílabo estaba dedicado al repaso de nociones básicas de gramática y parte a la interpretación jurídica de textos literarios.
En la primera, las noticias sobre morfología, sintaxis y fonología eran ilustradas con poemas de Amado Nervo, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Walt Whitman (traducido por Borges), Rafael Alberti, y con prosas puntuales, de Juan Ramón Jiménez, Julio Ramón Ribeiro, Julio Cortázar, otra vez Borges.
En la segunda, la metodología consistía en evidenciar hechos de importancia jurídica en obras emblemáticas de la literatura nacional. La Serpiente de Oro (Ciro Alegría), El Tungsteno (César Vallejo), La Ciudad y los Perros (Mario Vargas Llosa), Todas las Sangres (José María Arguedas).
Había que hacer la calificación jurídica de esos hechos a luz de nuestras recién aprendidas lecciones de derecho penal, civil, laboral, agrario. Eso nos entrenaría para calificar, luego, hechos reales. Es decir, nos preparamos en la esfera de la ficción para operar en los predios de la realidad.
El experimento terminó por afianzar la vocación jurídica de algunos y la literaria de otros, o por propiciar la convivencia dialéctica de ambas.
Luego de esta experiencia, que daba cuenta del aporte de la literatura al derecho, fui a la búsqueda, ya fuera de aulas, del flujo inverso, que de hecho existía, tal como advirtiera alguna vez Enrique López Albújar, al apuntar que tal vez su obra más trascendente estaba perdida en los expedientes archivados que condujo como juez de las Cortes de Justicia de Piura y Tumbes.
Magistrado, ensayista, poeta, narrador y dramaturgo, fue el primero, acaso, en construir la imagen más idiosincrática del indio, a partir de casos judiciales en los cuales estaban involucrados indígenas.
Practicante de derecho en la Corte de Justicia de la Libertad, me topé con un voluminoso expediente de usurpación de tierras, a una de cuyas partes defendía, pulcramente, don Marco Antonio Corcuera, abogado y poeta contumacino afincado en Trujillo, recordado por sus entrañables Cuadernos Trimestrales y por ser gestor del mítico concurso el Poeta Joven del Perú.
Ante mi estaba la tercera forma de interactuación que tienen el derecho y la literatura, librando su amigable lucha en el espíritu de los abogados poetas y poetas abogados.
Existen otros, que han sabido combinar, con altura, su vocación literaria con la tratadística jurídica. Dejo la mención de los nombres a la inquietud de los lectores.
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