19 octubre 2021

LOS SOMBREREROS

 

El ómnibus paró a un extremo de la pequeña plaza de armas, que daba al hall de un restaurante, simulado con un ligero techo de calamina transparente y una veranda de madera, sin puerta. Era poco más de medianoche. Detrás del mostrador, en un extremo de la pequeña sala llena de mesas vacías, ubicada al fondo, un señor, en camisa manga corta, desabotonada a la altura del ombligo, dormía, derrotado y sudoroso, en una silleta tapada casi totalmente por su cuerpo, de estatura mediana, pero de grosor sin fronteras.

Luego de apiñar sus bolsas de sombreros en un rincón de la sala, el Coche Nico —que a este nombre respondía a sus compañeros de viaje don Nicanor Rodríguez, antiguo comerciante y respetable vecino del Barrio El Cumbe, en Celendín—, abriéndose paso entre los perros que dormían también sin miramientos y los zancudos que esperaban sangre nueva y la trémula voz del bolero que cantaba sola en la noche desde el corazón de una grabadora más antigua que las penas, se acercó al hombre abandonado a sus sueños detrás del mostrador, lo despertó casi a gritos y le ordenó caldos de gallina para todos.

Habían salido de Celendín la madrugada del día anterior, en un viejo microbús que cubría en forma monopólica la ruta a Cajamarca, un tramo duro de trocha y polvareda de cinco a seis horas de zarandeo que dejaba los riñones casi en el cuerpo del vecino y los cabellos irreconocibles. No podían quejarse. En realidad, ellos vivían la modernidad. En tiempo antiguos, sus antecesores cubrían esa distancia a lomo de mula, en algo más de doce horas. Partían al rayar el alba, del camino que cruza entre Malcat y Molinopampa, y llegaban a Los Baños del Inca rendida la tarde. De allí, a la madruga del día siguiente, pastadas debidamente las acémilas y hechos los fiambres, arriaban hacia su destino, dos días más de camino todavía distante.

Ahora, solo habían tenido que pasar unas horas en Cajamarca, como quien visita a los parientes, hasta que saliera el ómnibus que va a la costa, que, haciendo un alto en su larga travesía, los había dejado en esta orilla del destino, el único restaurante de Chilete que atendía después de pasada la medianoche, pensado no en los trasnochadores, como en las ciudades que no son puerto, sino en los comerciantes.

Alrededor de las cuatro de la madrugada llegaría el camioncito que los llevaría, junto a vendedores de ropa, frazadas y monerías, por la cabecera del valle y la empinada cuesta de San Bernardino, hacia San Pablo, una ciudad tatuada sobre la columna vertebral de un cerro ligeramente inclinado en las alturas, definida básicamente por una calle principal, amplia, plural y concurrida, que daba, en su parte inferior, con la plaza de armas, y, posterior, con la interminable campiña.

Llegarían, como viejos conocidos, a sus tiendas, arrendadas con anticipación por una semana, justamente el tiempo que dura la feria.

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