Toño Cisneros dijo, alguna vez, que la computadora había sido inventada para los poetas, ante la sugerencia de que ésta no favorecería el proceso creativo con la misma calidez que la pluma y el papel, de importancia hasta neurológica, según los entendidos.
Antaño, los bardos, tahúres, vates, comunicaban sus versos de viva voz, algunos seguramente concebidos en el momento mismo de su declamación, en ágoras, estaciones, plazas, reuniones privadas, ceremonias públicas, ajenas, las más de las veces, a la poesía, ante audiencias díscolas, cargadas, sin duda, de otras preocupaciones, pesadamente cotidianas.
Su placer era ese. Sentir que convocaban, que cambiaban a la gente, que modificaban cosas, no obstante estar convencidos que terminarían, en los atardeceres, al final de los caminos, solos, andantemente solos, ante las noches definitivas, que cerraban la misma realidad todos los días.
Un día quisieron perdurar, me imagino, lograr que sus cansadas voces fueran escuchadas más allá de su finita presencia, aun cuando no las lanzaran sobre las multitudes.
Grabaron, entonces, sus emociones sobre murales de barro, pieles de fieras trashumantes, tejidos de hojas de hierba seca, cortezas de árboles, con piedras aguzadas, tintes de plantas exóticas, sus propias manos, en fin, agudas como la lluvia y el fuego.
Llenaron de símbolos el paisaje, siempre el mismo, siempre abierto, siempre bello, pero que ellos creyeron alterar, hacer trizas, quizá embellecer, hasta el paroxismo.
La tecnología les tendió la mano, una y otra vez.
Sin duda, la pluma y el papel fueron inventados para los poetas. No para para los escribanos, comerciantes o fedatarios. Para los poetas, está claro. Para que canten el amor en sus infinitas formas, las gestas, los anhelos, las grandes causas, los laberintos de la soledad, el silencioso paso de las horas.
Como el dedo de Dios en la roca zafia, la pluma de los líridas, liróforos, zahoríes, perennizaron, en los abanicos y álbumes de las amadas núbiles, el brillo de sus ojos encendidos por su canto; en las cantimploras de los insurrectos, el agua depurada, en el rocío, por las hojas dadivosas de los árboles.
La máquina de escribir fue inventada para los poetas. No para los notarios, contadores o políticos. Sin ella no se hablaría de poesía social.
Tenía razón, Cisneros.
¿Acaso los muros de este mundo cibernético, de redes y tejidos, sin distancias ni tiempos, de presencias y ausencias, no han sido, también, inventados para los poetas?
Finalmente, igual dejan esa sensación de felicidad y abandono con que se mira el atardecer del mar desde una tienda en las dunas.
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