02 marzo 2022

LA CASA DERRUIDA


Abrazada por las zarzamoras y gramas, ya silvestres por el olvido, que trepan por sus escarbadas paredes, de viejo tapial, despojada de todo techo y secretos, abandonada al viento y la inclemencia de la intemperie, en la pequeña planicie, donde el caminante reposa, antes de empezar el ascenso a través de la empinada montaña, a la vera del camino empedrado e inmemorial, se encuentra la casa derruida.

 

Quienes, al transitar por allí, se detienen, cansados, adentran un poco en la fronda, acampan, se tumban a dormitar sus aventuras sobre la hierba, hacen como si no existiera, ni siquiera como si fuera parte del paisaje, del oquedal o el pretérito de las horas cansadas, como si no existiera, como si no hubiese existido.

 

Están allí, aun cuando muy heridas y gastadas, sus paredes de tierra inagotable, aún de pie, simulando, la del frente, una puerta y ventanas que pareciera nunca existieron, pero que un día, seguramente, vieron llegar y partir unos pasos y esperaron un retorno; las de los costados y parte posterior, una protección, por lo visto en los alrededores, innecesaria.

 

Debajo de su techo, que ya no es, salvo el vestigio de algunas vigas corroídas por la sal del tiempo, habitó un maestro de las malas artes, ducho en ver, en la ceniza adherida al alumbre, el paradero de las reses perdidas; en las cartas, la suerte de los infortunados; en las hojas de coca, el temor de los intrépidos.

 

Responsable de caídas y desgracias, cuando estaban a punto de enterrarlo, cuatro peones, en un sepelio sin dolientes ni cortejo, en medio de un diluvio inusitado, cuentan que cayó un rayo y desapareció su cadáver del cajón, que quedó intacto, al igual que ilesos sus frustrados enterradores.

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