Hundió la última colilla en el cenicero desbordado y raído. Se puso de pie, se arregló los pantalones, que tendían a caer, a despecho de los tirantes, debido al vientre abultado y macizo, que había desaparecido por completo la cintura. Con la mano izquierda se tiró para atrás los cabellos lacios que insistían en ocultar la estrecha frente. Era más bien bajo y tenía los brazos cortos. Se acercó al ventanal que daba a la plazuela que separaba el pool de oficinas administrativas con uno de los pabellones de la facultad de medicina. Fijó la mirada en una silueta de andar cansino que, lentamente, se perdió debajo de la sucesión de árboles nativos.
Debiera estar nervioso, pero no. Su respirar era de un hombre sereno. Podría decirse, quizá, que estaba triste. Regresó la mirada donde el sobre manila que yacía sobre el escritorio. Quien lo había dejado lo saludó con mayor reverencia que otras veces. Eso lo incomodó y acentuó sus miedos. Sintió que no requería abrirlo y leer la única y escueta página que le traía la noticia esperada en unas notas encriptadas y uno que otro símbolo que daría cuenta de presencias y ausencias en su sangre.
Se dejó caer sobre el sillón, derrotado, pero no nervioso. Sereno. Tantos años de fumador impenitente, tenía que sucederme, se dijo. Hubiera bastado con la sospecha de que esa sensación persistente de asfixia y ese bulto a la altura de la boca del estómago eran algo malo, definitivamente malo, pero la familia insistió en que se sometiera a los exámenes de rigor, inoperantes que habían resultado los tratamientos convencionales.
Su mano derecha, casi en forma independiente, abrió la gaveta superior del escritorio. Acarició, con familiaridad, primero la funda de cuero intacto, luego, desenfundada, la negra Beretta de nueve milímetros. Cuántas veces se había envalentonado con ella, cuántas, el amague de retar a duelos que no pasaban de ser verbales. Un día me aliviarás el dolor, le había dicho, no recuerda si en voz alta, entrada la noche de sus meditaciones.
Se descubrió cubierto el rostro y las manos por un sudor frío. Su mano, como obedeciendo a otra voluntad, cerró la gaveta del escritorio, dejando, adentro, continuar su espera, el imperturbable metal, que, ahora supo, turbado siempre, consideró casi como un amigo.
Se incorporó. Se arregló los pantalones. Rompió la página asesina. La incineró. Sacó de la gaveta inferior una nueva cajetilla. La contempló. La puso en el bolsillo interior de la levita y salió de la oficina. Nada detendrá mis sueños, se dijo, mientras respondía saludos cuya extraña reverencia no quiso advertir.
El ingeniero Esparza.
ResponderEliminarFelicitaciones estimado amigo Daniel, una prosa muy elaborada, con un contenido que nos captura en la lectura.
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