01 julio 2022

ESQUINA DE LOS APODOS


Entrada la mañana, sacadas las silletas a la vereda, para recibir los rayos del sol, curaban la resaca, en la cantina de doña Noemí, ubicada en la primera esquina de la primera cuadra del jirón Arequipa, acaso los bohemios más notables de la ciudad —músicos, liróforos, librepensadores, ocurrentes—, casi silenciosos, agotados que habían sido, la noche anterior, de mares de cerveza y nubes de nicótica, anécdotas, canciones y versos.

 

Podría haberse tratado de un ritual matutino, de enmienda o resurrección, expiatorio, pero no estaban allí para caer en melancolías, luego de una noche de extremos, eran bohemios y eran alegres, intrépidos, no obstante frisar, todos, la tercera edad.

 

Propuso, entonces, uno de ellos, el declamador, un extraño duelo, entre dos de los ponedores de apodos más destacados de los ochenta, que allí se encontraban: La Zorra y El Pecorín, a ver cuál de los dos disparaba con mayor rapidez el mejor apodo a cuanto prójimo tuviera la desdicha, esa mañana, de cruzarse ante sus ojos.

 

Los aludidos asintieron, tumbados sobre sus sillas, casualmente uno botella en mano y, el otro, empinando el codo.

 

El primero en suerte fue un comerciante de sombreros, que emergió de la calle El Cumbe. De mediana estatura, grueso, moreno, con el cabello ligeramente ensortijado, bañado en brillantina, traía puesto un saco de color verde oscuro, que, abotonado, no ocultaba el prominente ombligo.

 

«Papa sapa con chiche», dijo La Zorra, casi eructando la voz bajo el grueso y descuidado bigote.

Los escuchas, al unísono, tragaron sáliva, inclinando ligeramente la cabeza, en señal de aprobación. No estaba permitido, obviamente, reírse a mandíbula batiente. Saludaron, antes bien, en forma amable, al ocasional conejillo.

 

No pasó mucho tiempo cuando, de la misma calle, apareció, gallardo e imponente, casi marchando, haciendo chirriar, adrede, la suela de los zapatos y extendiendo, al compás, los brazos, parecía como para que se vieran los gemelos, en impecable terno verde claro, el vecino más egregio del barrio, un objetivo de lujo para los contendientes, nada menos que alcalde de la provincia.

 

«Loro andando en carrizos», casi balbució, ronca la voz, El Pecorín.

 

Como si no hubieran escuchado nada, todos se pusieron de pie, para saludar a la autoridad edil, que les regalaba una clara sonrisa.

 

Por el jirón Arequipa, entró involuntariamente en escena una conocida profesora jubilada. De recogido pelo claro, pintado, elegante sastre, uno que otro lunar en el rostro y, en las pantorrillas, unas indiscretas varices que el nylon no podía ocultar.

 

«Gallina con pelotitas de barro», dijo La Zorra, hundiendo la quijada en el pecho, en realidad para no ser escuchado.

 

Los escuchas, ahora más indiferentes que nunca, saludaron reverentes a la distinguida dama.

 

De vez en vez se alcanzaban la botella y el vaso.

 

«Gallina tomando agua en tarro de gotera», casi narró El Pecorín, refiriéndose al profesor que les acabada de saludar inclinando la cabeza y levantándola lentamente en señal de respeto, aguileña la nariz y amplia la frente, abierto el saco hecho para usar cruzado.

 

Fueron más los apodos que desfilaron aquella mañana, estos son los que la frágil memoria rescata, sin que hubiera un ganador, hasta que doña Noemí dijo basta, basta de burlarse del prójimo, y el prójimo, que la escuchó, se echó a reír a carcajadas, a mandíbula batiente, hasta las lágrimas.

 

 

 

 

 

1 comentario:

  1. Estos hechos que describes son frecuentes en nuestros barrios, felicitaciones por la amena narración. Un abrazo.

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