06 julio 2022

MI PRIMER DÍA DE CLASES

 

Luego de las presentaciones y de explicarnos los alcances de la asignatura, el profesor, de hablar pausado y riguroso, mirada amable y profunda, ademanes calculados, escribió en la pizarra, con fina caligrafía: «Ejercicio de redacción: Narre, en un texto de no más de quinientas palabras, su experiencia de haber venido a su primer día de clases».

 

Extraños todos, lapicero en mano, empezamos a mirarnos, a mirar la hoja en blanco, solicita y displicente, a mirar al profesor que había empezado a escribir, de memoria, en la pizarra, unos párrafos y estrofas entre comillas.

 

Por la mente de todos pasaban, sin duda, los momentos del examen de admisión, la noticia de los resultados, la alegría sincera de los seres queridos, las colas para las matrículas, las primeras conversaciones e impresiones, el impacto de la ciudad universitaria, el pool de aulas, rodeado de arbustos, de la facultad de derecho, y, claro, las calles empedradas, la puerta de despedida y espera, el abrazo interminable de los padres, en el pueblo remoto y clavado en el corazón, de los que veníamos venciendo las distancias.

 

Agotado el tiempo, las hojas fueron puestas, unas sobre otras, en el escritorio de madera, a un costado de la amplia pizarra, convertida en mural de párrafos y estrofas, siempre entre comillas y, debajo de ellos, los nombres célebres, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Jorge Luis Borges.

 

Manos atrás, el profesor observaba el retorno de los improvisados escribas, como quien ausculta sus perfiles, su actitud.

 

Estábamos en la universidad para estudiar derecho, pero no habría que soslayar que, en las aulas de la facultad, se habían forjado, también, notables escritores, en todas las épocas, desde su fundación nada menos que por el Libertador.

 

El profesor que dictaba el curso era, adrede, abogado y escritor.

 

La clase continuó con la pleitesía por los textos que iluminaban la pizarra, que, a golpe de comprender sus contenidos, multívocos todos, sus formas exactas, su impacto emocional, su belleza, no olvidaríamos jamás.

 

Resuenan, hasta ahora, en la memoria, parafraseados, vívidos, cargados de imágenes, elocuentes, en la voz del profesor que, al leerlos, parecía recrearlos.

 

A la finalización de la clase siguiente, devolvió las hojas con los trazos de vida que habíamos impregnado, ahora lo comprendemos, nerviosos y sorprendidos, pero con espontánea ilusión. Sacando la espada, algunos.

 

En la margen superior de las de algunos dejó una nota: «Te espero en el gabinete, a la hora de recreo, para conversar sobre tu texto».

 

No nos felicitó. Había hecho, en los textos, algunas correcciones ortográficas. 

 

Me gustaría, dijo, publicar sus textos en una revista literaria, que administramos junto a un grupo de jóvenes escritores, en la sección denominada Mi primer día de clases.

 

En adelante, no dejaríamos de frecuentarlo jamás. Bajo su dirección, los espontáneamente reunidos, fundamos un grupo literario, y forjamos, en adelante, la más bella amistad.

 

Los años han pasado, somos abogados y escribas, y vivimos lidiando con la hermenéutica y con las quinientas palabras.

 

Un abrazo, querido maestro, Luis Cabos Yépez.

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