La televisión llegó a Celendín a mediados de los ochenta del siglo pasado. Solo con un canal, Panamericana, cuya señal llegaba a través de una repetidora ubicada en la jalca, Loma del Indio, que era encendida a las seis de la tarde. A esa hora la gente se congregaba en el extremo de la plaza de armas que da al Palacio Municipal, en cuya puerta principal, sobre una mesa de madera, yacía apostada la pequeña cajita de imágenes lluviosas que trasladaba la voz de Iván Márquez, que daba los avances del Panamericano, y las caras y voces angustiadas y sensuales de las actrices y actores brasileños y mejicanos.
Las noches de la plaza de armas desde entonces no fueron las mismas.
Aun cuando, en forma gradual, algunos vecinos empezaron a traer televisores, que generosamente ponían a la vista de los transeúntes, quizá un poco por vanidad, quien más convocaba era el televisor de la plaza de armas, se decía donado por la esposa del presidente. Sobre todo las veces que se transmitían partidos de futbol o peleas de box.
Claro, el caso de las telenovelas era un tema aparte. Hubo una, Encadenados, que protagonizaron Christian Bach y Humberto Zurita, que tuvo en vilo a la ciudad por meses. Se dice que los miembros del cuerpo edilicio suspendían sus sesiones para verla. El nombre de uno de sus personajes, el malvado Caralampio, fue endilgado, como apodo, a más de un prójimo, de por vida.
La plaza, entonces, tenía un horario de multitud, de feria. Un momento de encuentros, de amistad.
En pocos años, claro, la pequeña cajita entró a todas las casas, y la plaza de armas recuperó su antigua soledad.
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