10 noviembre 2022

LA RADIO, ESA OTRA VENTANA


El tío Pedro veía las peleas de box a través de la radio. No había visto nunca una imagen de los pugilistas —no compraba periódicos, no sabía leer, y, en su tiempo, no había televisión—, pero alcanzaba a ver sus bailoteos, sus esguinces, sus rostros sudorosos, sus pómulos hinchados, y, mucho más, claro, los golpes de gancho que, compungidos, recibían en el mentón, heroicos, hasta que uno de ellos, tarde o temprano, los tiraba a la lona, en forma clamorosa, ante los vítores y aplausos a favor del vencedor.
Pasados los tiempos, nos las contaba, una y otra vez, en las sobremesas, al alar de la casa grande que daba a los sembríos de maíz, mientras escogía sus hojas de coca, en las travesías, con lujo de detalles, como si las estuviera viendo nuevamente.
Escuchándolas de sus labios, también nosotros las veíamos, y, me parece, cada vez con nuevos incidentes, con más o menos golpes, y, tal vez, con resultados diferentes.
Lo mismo sucedía con el futbol. Era la época del ocaso de las viejas glorias. Nosotros conocimos de sus hazañas, en los setenta, por boca del tío Pedro, que los había visto a través de la radio, como si las estuviera viendo al momento que nos contaba.
Cuando llegó la televisión, el tío Pedro ya estaba por irse. No le despertó mayor interés. Los hombrecitos que apenas podían alcanzarle sus ojos miopes, desde la pequeña pantalla, no se parecían en nada a los atilas que había visto a través de la radio, en sus años mozos.
Nosotros, que pasamos nuestra infancia escuchándolo, tampoco volvimos a ver nada igual.
Aun ahora, cuando comparamos las destrezas de las estrellas modernas del futbol, que vemos a través de la pantalla, no dudamos en decir que no son como las de antes, probablemente las mejores estrellas de todos los tiempos.

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