Los años de vejez los encontró solos, unidos, sosteniéndose recíprocamente, en su casa de abobe y techo de teja de greda raída, cuya parte frontal daba al camino de herradura y, posterior, ladera abajo, a la quebrada fronteriza, que apartaba el caserío del contiguo y, al propio tiempo, aliviaba las crecientes repentinas que asustaban a la campiña, entremezclada con las casas dispersas, en tiempos de lluvia.
Abandonados por los hijos —que, mozos, dejaron estas tierras y sus estudios primarios iniciados en la escuelita unidocente que pretendía llevarlos por la inquietud del conocimiento y las artes sin afectar su apego por la labranza y el pastoreo, y se fueron a la capital, a forjar destinos, motivados por los hijos de vecinos y algunos parientes que les contaban de posibilidades de crecimiento menos desoladoras que la agricultura estacionaria que les prometía la heredad y el desamparo—, resistían, codo a codo, el paso del tiempo con heroica dignidad, ella, tejiendo sombreros de paja toquilla y criando animales domésticos, y, él, cultivando maíz, trigo, cebada o lenteja, según los designios de la luna, con la ayuda de uno que otro peón, en el solar que conservaron hasta el final, ubicado en las lomas, camino de herradura arriba.
Aun cuando de vez en vez recibían cartas suyas, de cuya emoción se enteraban por boca de Cástulo, el displicente sobrino colegial que las leía como quien recita un poema y manuscribía las contestaciones que entre lágrimas le dictaban, a cambio de unos cuantos huevos de gallina o generosos puñados de capulí, en el fondo de sus corazones sabían que jamás regresarían, atrapados como debían estar, los pobres, por la rutina y las estrecheces económicas en una ciudad tan grande y vertiginosa como la propia distancia, según podían inferir de lo que escuchaban de ella a través de la radio.
Mientras pudieron trabajar no hubo problema. Empezaron solos la empresa de procurarse un techo y un destino en común y tener los hijos no para que se auparan bajo sus alas sino para que esparcieran su heredad por estos campos, de tierras fértiles y ponientes conclusivos, y solos tendrían que cerrar los ojos, un día, cumplida su misión, afirmando la continuidad de la especie.
Pero, la edad fue llegando con sus caballos cansinos y el temor de la orfandad los fue minando. Lejos los hijos, más allá de los campos que les fueran dados, en una vecindad sin vecinos, con destinos atrapados en casas dispersas, tiradas sobre la campiña, todas, sin duda, con sombras descifrando en cartas gastadas los misterios de la ausencia, empezaron a sentir con mayor desolación el peso de las enfermedades, difíciles ya de curar con la poca fe que les iba quedando, y a temer con cada vez mayor gravedad la presencia de la muerte.
No se imaginaban morir por separado. Mandaron hacer, por eso, en repetidas veces, sus ataúdes, de facturas idénticas y motivos que garantizaran su vida en comunión más allá de los astros, para no dar trabajo a los vecinos que tuvieran la amabilidad de despedir sus cuerpos cuando llegara su hora. Los tuvieron que prestar a familiares de conocidos que fueron llamados antes, en forma inesperada, como sucede casi siempre, lamentándose de no haber sido ellos.
Un día, se armaron de valor y, abandonando todo, también, con la última fuerza que les quedada, se subieron, por vez primera, a un ómnibus, con la esperanza de que les devolviera, allende su travesía, la imagen vigorosa de los hijos que, hacía mucho tiempo, les arrebató el horizonte.
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