01 junio 2023

PELEADOR CALLEJERO


Huérfano de madre en forma temprana, su niñez estuvo marcada por la desidia de su padre y la iracundia de las madrastras —siete— que éste, hecho al trabajo rudo y la bohemia, le impuso, ajeno a la tristeza contumaz e infinitas ausencias que desde entonces lo acecharían para siempre. A diferencia de sus hermanos mayores, que, a la muerte de su progenitora, fueron reclamados por sus tíos, para servirse de ellos con el pretexto de criarlos, él se quedó con su padre, huérfano, también, de hogar y perspectivas. Como un cachorro lo acompañó en sus trajines sin horizonte ni estabilidades, intentando compartir los amores que aquél inventaba, que terminaban casi siempre de manera calamitosa. Con él esos amores no fueron amables. No se preocuparon por su educación, no lo incluyeron, lo maltrataron. Al paso de su padre, como peón, por una hacienda azucarera, de esas que, conversas al modelo capitalista, subsisten como oasis en los desiertos de la costa, un día, entrado en la adolescencia, decidió huir, irse lejos, tentar destino. Las juntas, repentinas, lo dejaron en un pueblo de la ceja de selva central, dominado por los cultivos de coca, café y cacao. Trabajó en la labranza de la tierra y cosecha de esos productos. Solo, ante el mundo, no tuvo la oportunidad de la educación. Aprendió a sobrevivir.

 

Cuando, echada la escasa barba al viento, regresó al hogar de su padre con una de sus mujeres, en un lugar cualquiera, en realidad, llegando para quedarse —no había alcanzado, aún, la edad de la emancipación— no logró unirse, reintegrarse como hijo, como le correspondía todavía. Estaba muy distante, muy ajeno, a su propio padre, incluso, viejo león, ya cansado, abocado a construir una sombra donde aguardar el crespúsculo, no importaba en realidad al lado de quién. Habitó con ellos, pero, no vivió con ellos. Irredento, curtido, no acataba las reglas de la familia, heterogénea. No se llevaba bien con los hermanastros; no con la madrastra. Se buscó un trabajo, como peón de construcción civil, que le permitiría un margen importante de independencia. Así, pronto, se hizo a la bohemia, aprendida, ya, en alguna que otra cantina del pueblo de ceja de selva donde anduvo antes, al amparo de viejas canciones del Jilguero del Huascarán, que solía cantar en sus soledades. Inevitable, en algún momento, la oportunidad de medir fuerzas, de entrelazar arrojos, entre ríos de licor y nubes de humo de tabaco, a veces. No recuerdo si lo apodaron, en atención a sus hazañas con los puños, o se autonombró, el caso es que, a partir de entonces, se lo conoció, en el pueblo, como el Peleador Callejero, a la imagen del personaje de un viejo filme del mismo nombre.

 

Fue invitado, una vez, a probar la dureza de su mandíbula en un ring de box, en una de esas veladas deportivas que amenizaban las noches de la ciudad de escasas luces mortecinas, a la que aún no llegaba la televisión, que animaba ya las noches de las metrópolis. Díscolo, hombre sin reglas, perdió la pelea por puntos, ante un boxeador aficionado, al cual, luego, en los camerinos, redujo a golpes, bajo el estilo callejero, que era lo suyo.

 

No terminó bien. Un día de oscuridad total, como aquel de su infancia que se llevó a su madre, osó medir fuerzas con su padre, distante y bohemio, y minado por los años, nunca lograría explicarse por qué, y, a su pesar, venció, venció, alcanzando, así, su derrota definitiva.

No hay comentarios:

Publicar un comentario