¿Dónde está la casa grande, de patio empedrado y alares de teja rojinegra? ¿Dónde los durazneros gemelos cuyas ramas no podían con el peso de nuestra fruta preferida? ¿Dónde el zaguán por donde entrabamos corriendo y gritando como recién llegados siempre? ¿Dónde el gesto contemplativo de papá mientras enfrenaba sus sombreros en su sillón mayor? ¿Dónde el cuidadito de mamá más corazón que nunca mientras nos repartía trocitos de alegría?
Me pregunto, incrédulo de que sólo esté en mi recuerdo o en el recuerdo del coro de felicidad que éramos entonces.
Quizá, como alguien lo sugirió, exista una memoria del tiempo, que guarda las cosas más allá de nuestra memoria individual; incluso las cosas que olvidamos, está claro.
Estarían allí, en sus anaqueles infinitos, las cosas que nos sucedieron, los días que se llevaron nuestra infancia, los sueños que soñamos en la casa grande, los temores que nos asaltaron, las madrugadas que nos vieron partir alguna vez, las tardes que nos esperaban, los abrazos repetidos, la comprensión de papá y el corazón de mamá que acunaron los primeros pasos y siguen acunando nuestras vidas.
El tiempo, que se lleva el instante, salvaría, así, lo que nos permite continuar, para asegurar su mañana.
Nos permitiría, por eso, caminar por paisajes del pasado, mirar en sus anaqueles, sentir las emociones ya sentidas. Pero no volver. No sería el río que vio en él Heráclito.
Otra sugerencia existe, de que habría una memoria colectiva, sumatoria de todas las memorias.
Ésta se alimentaría de nuestros recuerdos individuales, que tendríamos que defender, difundir, juntar, para que no sean relegados o abandonados en los callejones del olvido, que también tendría una dimensión colectiva, sumativa de los olvidos personales.
Alguien, más audaz, ha sugerido que el colectivo sería un organismo autónomo, distinto de los individuos que lo conforman, a la manera del cuerpo respecto de las células.
Así como dicho organismo tendría voluntad y destino tendría memoria y olvido.
El registro de nuestra existencia estaría supeditado a nuestra trascendencia, a su inquietud, a sus posibilidades de pasado, presente y futuro, que pudieran asimilarnos o prescindirnos.
¿Dónde están, me pregunto, la energía que éramos, la complicidad, el calor de la casa grande, en la que cabían todos los sueños, en la que hasta la tristeza era alegre, la despedida espera, el silencio canto?
Un día crecimos, crecieron los sueños, como ramas de los durazneros sobre el tejado, nos hicimos al viento.
La casa grande se quedó, llena de ella, de nosotros, en el tiempo, quizá, en la memoria del tiempo, la memoria colectiva, esa otra memoria, o, tal vez, solamente en estos versos, prosados por fuerza de su inacabable afecto.
La casa grande , vive en los corazones, en nuestras risas, en nuestro llanto, en el viento, tiempo que nos ve ir...
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ResponderEliminarExcelente prosa doctor. Así es. La casa grande es de todos, para todos. Sólo hojas que dejarán ir hacia el viento sus esperanzas, dejando las ramas que las cobijaron. También así es la vida.
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