«Doña Chepa se olvidó,/ doña Chepa se olvidó/ su calzón en la cocina, / su calzón en la cocina, / vino el Rojo y lo comió,/ vino el Rojo y lo comió,/ pensando que era cecina,/ pensando que era cecina», cantaba, entrada la noche en la angosta calle desolada, solo alumbrada a medias por la luna, fingiendo una embriaguez que no era tanta, sacando una voz gutural que no era su voz cotidiana, don Néstor Carnaval, al pasar por la casa de dos pisos más grande del barrio, en la que vivía sus años de solaz doña Josefina Torres, algo así como la abuela general de la juventud, carismática y consentidora, en compañía de Rogelio, su único hijo, un cincuentón de sombrero ribeteado, ala corta, bigote a lo Negrete y sonrisa discreta, suficiente para relucir el diente de oro que alguna vez pudo haberle cambiado la suerte en el amor, consagrado a cuidarla, dedicado de lleno, como ella, a enfrenar sombreros de paja toquilla.
Quizá doña Josefina no escuchaba, aislada del mundo por las gruesas paredes de adobe de la vieja casa, alta como una torre, blindada por un portón que más parecía de una iglesia, y dada la hora, también, pero, sin duda, sí todo el vecindario, a través de las escuetas ventanas casi pegadas a los techos de teja de sus casas, como quien busca el sueño, seguramente, o al calor de una conversa familiar alrededor de las lámparas de queroseno.
Vestido, al día siguiente, el carro alegórico, a la manera de un molino de viento, en cuya parte inferior trasera se había improvisado un balcón, desde el cual repartía sonrisas y besos volados la bella Dulcinea del Toboso, y montado en el noble Rocinante, ataviado de un escudo y lanza de cartón y un casco de poto de chiclayo, plateados, el Flaco Raúl —previos sus buenos tragos de aguardiente, para el frío—, abriéndose paso por entre las comparsas de disfrazados —unos de salvajes, semidesnudos, con taparrabos de tululas, otros de charros, sombreros alones de cartón, ennegrecidos, una suerte de identidad del barrio—, apareció, alzando los brazos, tambaleándose, puesto un poncho de lana marrón que le cubría hasta los tobillos, cubierta la cabeza con una capucha de costalillo, a la manera de un verdugo, diciendo yo soy Néstor Carnaval.
No le daban las fuerzas para todo el recorrido. En una de las primeras cantinas se quedaba, a compartir un vaso de aguardiente consigo mismo, o quien tuviera la buena voluntad de decirle salud.
Caída la tarde, tambaleándose, siempre, ya sin la capucha, se sumó al ejército de carnavaleros que exhaustos retornaban al barrio a continuar con la batalla, al pie de la casa de abobe más alta, cuya dueña lanzaba serpentinas y repartía chicha de jora a todo el mundo.
En medio del murmullo y los violines quedos ya, se escuchaba una copla que, adaptada por la voz engolada que la entonaba, decía: «Doña Chepa se orinó, / doña Chepa se orinó/ en su gorra del teniente, / en su gorra del teniente, / vino el Rojo y lo tomó, / vino el Rojo y lo tomó, / pensando que era aguardiente, / pensando que era aguardiente»
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