¿Quién, además del trenzado de hombres, que se alejan y entrecruzan rítmicamente, una mano atrás y la otra alzando un bebedor de cacho de vacuno, simulando avistar el infinito, a un paso, y, luego, al otro, fijando la mirada en las líneas invisibles por donde abren surcos musicales sus pies labriegos, no se ha detenido a contemplar, absorto, la picardía de la vieja de las danzas, que desafía, con su rueca, al toro pintado, de mirada fija, que, sobre sus hombros, hace bailar otro danzante, que circunda al grupo y, además, coquetea al viejo, barbas de pellejo de carnero, que pone orden, rebenque en mano?
De sombrero tacho con cinta negra, pollera larga de lana de oveja, llanques femeninos de jebe, lleva cargado un quipe, en el que asoma la cabeza una criatura de tela, con trenzas muy grandes para su probable edad, y está siempre hilando, en una mano el huso, en otra, la rueca, al tiempo que, bailando, con todos, inclusive con los espectadores, cetrino y sudoroso el rostro, de poblada cejas y escasa barba recién afeitada.
No es una simulación. La vieja es un danzante, que no esconde su masculinidad, que no pretende imitar ni caricaturizar a nadie. Su papel es circundar la danza, desafiar al toro, trabar los pasos del viejo.
De niño solía no creer que el campesino recio, de pómulos definidos y patilla bondadosa, sombrero gacho, que, cargado el arado y el yugo en un solo hombro, y con la garrocha, asida a la otra mano, acicateando la cansada yunta de bueyes, terminada la jornada, pasaba frente a la casa, a la entrada del pueblo, era, nada más y nada menos, que la vieja de las danzas, aquél alegre y juguetón danzante que se suma al tributo que, en Celendín, en los meses de junio, los bienaventurados hombres de la tierra rinden al Corpus Cristi.