15 junio 2025

ALFONSO PELÁEZ BAZÁN, PRESENTE

Por los años ochenta, iniciando la carrera de derecho en la Universidad Nacional de Trujillo, descubrí en la biblioteca personal de Telmo Horna Díaz, ex director del Colegio Coronel Cortegana de Celendín, en cuya casa viví mi tiempo de estudiante universitario, bajo su respetable sombra, el libro Naticha: cuentos y estampas del Marañón, de Alfonso Peláez Bazán.
Una edición que me supo antigua, propiamente impresa, seguramente con linotipos, en hojas amarillentas ya, engrapadas, con una cubierta ilustrada sobre un fondo se me ocurre ahora gris, con bellos colores básicos, blanco y negro.
Había hecho el hábito de leer a altas horas de la noche, para conjurar el calor, en los pocos tramos de silencio que dejaba una fábrica de conservas de pescado ubicada enfrente de la casa, que estremecía con sus ruidos los cimientos de todo lo que se mantenía en pie.
Leí los cuentos de Peláez Bazán luego de haberme perdido, en interminables noches, por las llanuras donde vengó con su dura belleza los padecimientos de su infancia Doña Barbara, de Rómulo Gallegos.
Quizá por eso, por la continuidad de la magia, no caí en cuenta, en un primer momento, de que los personajes y paisajes con los cuales inquietaba nuestra conciencia el célebre narrador celendino eran los mismos que me refería, en mi infancia, mi abuelo Andrés Gil Cojal, en sus tardes de solaz y de memoria, tumbado a la sombra del capulí, en el viejo alar de la casa paterna.
Los valles y potreros adyacentes al Marañón; los lugareños, gente laboriosa, agraria, telúrica, soñadora; el toro bayo, el noble pollino, cómplices de la lucha por la pervivencia cotidiana; las costumbres, los apegos, las ilusiones que nos eran afines, por vivencias propias o asimiladas, habían sido transportados por Peláez Bazán al mundo mágico de la literatura, en forma magistral, de manera tal que parecían realidades ajenas, no reconocibles en un primer momento, el de la fascinación y entusiasmo que genera la narrativa digna de ese nombre.
Me interesé, entonces, por el autor, al que no tuve la suerte de tratar, pero del cual conocí, luego, su valiosa obra y reconocimientos.
Recuerdo, entre otras cosas, su vespertino Café al Paso, que distribuía personalmente entre los vecinos de las calles principales de Celendín, mediante el cual, además de datos culturales, concisos y elocuentes, hacía conocer sus opiniones sobre asuntos de interés social y local.
Que yo recuerde fue el primero en protestar por la destrucción del mirador de San Isidro y en defender los valores ambientales en nuestra tierra natal.
Sé que ahora se hablará de estas y otras cosas relacionadas con su biografía y su obra, en el local de la asociación de celendinos residentes en Lima.
Ojalá se contemplara la posibilidad de reeditar su obra, para su merecido acercamiento a las nuevas generaciones.