Ya no son posibles los carnavales de antaño. La ciudad ha dejado de ser el vecindario cómplice y solidario de la cuadra, las calles apacibles y silenciosas, la plaza desolada, las puertas abiertas, el vecino que saluda, la mano extendida, los caminos que traen y llevan al campo circundante. Ya no es posible escuchar a lo lejos el silbido de un violín, el compás de una guitarra, la cadencia de un acordeón, ni reírse de las coplas que de lejos trae el viento. Las calles ahora están atribuladas por el ruido de los motores y las bocinas. Imposible escuchar una parla o una nota musical. Ya no es posible que por la bajada del Cumbe lleguen los trovadores montados a caballo, simulando una ebriedad que no tienen, echándose de atrás para adelante sobre las monturas y cantando sus coplas lugareñas. Que se acerquen a saludar a los vecinos que los incentivan con vasos de chicha de jora y serpentinas. Que dancen con sus caballos alrededor de las banderas. La bajada del Cumbe ahora es paradero de combis y mototaxis, no tiene cabida para el trote de los caballos. Ya no es posible reunirse en las esquinas, por las noches, a dedicarle coplas a la luna, ni durante los días a tirarle globos de agua al sol. La ciudad está ahora congestionada, no se abastece para los transeúntes, no tiene espacio para las patotas, ni para los acaballados, ni confianza para la chicha de jora ni las serpentinas.
Celendín, febrero de 2025.
27 febrero 2025
CARNAVALES DE ANTAÑO
19 febrero 2025
EL AMOR Y EL MAR
El amor necesita del mar
Del vuelo horizontal de sus aves que eludiendo el cielo que cae como un racimo sobre el horizonte
Otean la vida con sus picos formidables
De sus furias fugaces y sus calmas reiteradas
De sus huellas borradas por sus olas
De su persistencia ante el acantilado
De sus renuncias ante los manglares
Por eso el enamorado viene al mar
Como el guerrero al recodo de sus convicciones
01 febrero 2025
UNA LAGUNA EN LA CIMA DE LA MONTAÑA
Era un camino delgado y sinuoso de tierra negra que se deslizaba como una serpiente entre los arbustos, el icho y uno que otro roquedal, a través de la ladera, cuyo recuerdo en la vigilia infundía un temor infinitamente mayor al de su tránsito, a pie o a lomo de acémila, en la madrugada o caída la tarde, cuando los rayos del sol tangenciales marcaban las sombras de ida o de regreso.
Al fondo de la ladera, circundante a modo de embudo, por entre una pequeña arboleda impuesta sobre los pequeños espacios que dejaban unas rocas blanquecinas colocadas por la naturaleza a modo de filtro, se perdían las aguas diáfanas y gélidas del riachuelo que calmaba la sed de la jalca y del caserío asentado en la cima del Queruisana, que manso y montañoso se levantaba sobre las pampas de Molinopampa, separado de Celendín por algo de media hora de camino de herradura.
Era lógico el temor y la curiosidad de centrar la mirada mientras se avanzaba, nunca deteniéndose un momento, en ese punto de misterio hundido abajo en el fondo de la ladera circundante, cubierto de pequeños arbustos entre las rocas blanquecinas, que bien podría ser el sexo de la tierra.
Estas aguas, decían los lugareños, no se perdían en realidad en el fondo de la ladera circundante que simulaba un embudo; formaban un río subterráneo, cuyas aguas, atravesando las entrañas de la tierra, brotaban a manantiales al otro lado de la montaña, en la cabecera del valle de Llanguat, y se incorporaban al río La Llanga, tributario del Marañón.
Imaginaba, entonces, lo fácil que hubiera sido provocar una laguna, en la cima del Queruisana, con solo tapar con rocas el tragadero de agua allá en el fondo del embudo formado por la ladera circundante, duro de recordar en la vigilia.
Otro habría sido el paisaje, me imaginaba, y, cambiado el curso de las aguas, las que rebalsaban la laguna hubieran bajado, regando las faldas del Queruisana, a las pampas de Molinopampa y, tal vez, hasta el fértil valle de Celendín.
La Llanga habría perdido, claro, un tributario y el Marañón también, pequeño, pero tributario al fin y fundamental, como todo en la naturaleza.
El tiempo ha dejado las cosas en su lugar, sin embargo: el riachuelo perdiéndose en el fondo de la ladera circundante, el río subterráneo atravesando la montaña, el manantial a la cabecera del valle de Llanguat y las aguas diáfanas y gélidas de la jalca mezclándose con las de La Llanga y las de éste con las del Marañón.
La laguna en la cima de la montaña ha sido dejada por el tiempo, ordenador inflexible de las cosas, en el paisaje de los sueños.