27 abril 2021

CAMPOS NEGADOS


 

 

No existen, por estos lares, campos libres, arroyos, amaneceres susceptibles de ser compartidos con desconocidos como tú, que te mirasen como a su prójimo.


Salvo calles, plazas, que son de nadie, y carreteras, que van a ninguna parte, el horizonte pertenece a alguien, que llegó primero, acaso, heredó, plantó su tienda en forma inconsulta, quizá al estado, que nos representa, según dicen, pero que no es de todos.


Vivimos aislados, distantes, en lugares contiguos.


Vemos el mundo, cada vez más lejano, a través de ventanas cada vez más pequeñas.


Aun cuando, en veces, no tenemos donde caernos muertos tenemos siempre donde ocultarnos vivos.

 

Lo nuestro es la cobija, el abismo, los túneles.

 

En un tiempo detenido en la memoria del tiempo un lugar remoto y posible había, allende las travesías, a donde iban los labradores a dejar sus reses, para que crecieran y multiplicaran a voluntad del viento.


Voy al potrero, decían, en cualquier época del año, y el potrero los esperaba, sin límites, retozando en sus llanuras, arropándose en sus montículos, escondiéndose en sus quebradas.

 

Era el potrero ubérrima libertad, ubre que alimentaba la esperanza común sin ser propiedad privada ni colectiva.


Los que iban a él iban para volver, para traer la vida multiplicada por sus praderas, no para quedarse, ni plantar banderas.


Era, por eso –dices–, horizonte compartido, fuente cuyo destino era la sed, rama que daba sombra al peregrino.


Un día los labradores lo abandonaron, se cansaron de buscar sus silencios, sus arbustos movidos por la soledad, de la humedad de sus cuevas disputadas con los gatopardos, y vinieron a estas parcelas, a esta cadena de islas, a soñar entre linderos.


Los trajo el ruido de los motores, los anuncios luminosos, la estridencia, las avenidas interminables, que parecían comunes y terminaron siendo de nadie.


Se ganaron un espacio, es cierto, siempre hay una mesa para reposar las alegrías y las penas.


Están aquí, ahora. Construyen su soledad junto a la nuestra. Nos reconocemos a través de las ventanas, nos cruzamos en las calles, en la puerta de los mercados.

 

Añoran, como tú, volver al pasado en que tuvieron la certeza que la tierra no tenía límites, que podían respirar sin que alguien agonizara, hacerse a la sombra de un árbol sin que el árbol les mezquinara su sombra, a contemplar su ganado ganar la pradera que era de todos, compartir el fiambre con desconocidos, contemplar, con ellos, la fiesta de las nubes al despedirse de la tarde.


Pero no, no es posible. El potrero ya no existe. El estado, en nombre de todos, lo cedió a una compañía extranjera, para que se llevara la riqueza que guardaba en sus entrañas.


Solo queda mirar a través de los túneles. Cuidar los linderos.

23 abril 2021

LIBRO



Abrí un libro una vez
Bajo la tutoría del nogal
Cuya sombra extendía el crepúsculo
Sobre el huerto recién engreído por mi padre
Mi vida es
Desde entonces
Andar los caminos de sus infinitas páginas
Devolverlas
A su rama
Cuando las ha quebrado el viento
Andar el corazón de mi padre
En permanente entrega
Sujetar a pulso
El fuego
Sobre los tejados
Que va dejando la tarde

Cajamarca, abril de 2021.

05 abril 2021

DESPEDIDA EN LA MONTAÑA


 

Iba delante. Sus pies encontraban los atajos, en la oscuridad, con mayor facilidad que los de cualquier caminante en la plenitud del día. No imaginaba siluetas en los arbustos, como nosotros, ni lo inquietaban los ramales que se adherían a su poncho de lana a su paso felino por entre la fronda, ni el aletear de algún pájaro trashumante que volaba a ninguna parte, asustado por su repentina presencia. No le había sido dado el miedo.

 

Lo seguíamos en silencio, salvo la respiración acelerada, tratando, por instinto, de pisar sus huellas, que intuíamos, quizá con los ojos cerrados. No debíamos voltear la mirada ciega a si el mundo se cayera a nuestras espaldas y no la volteábamos, no obstante, el acoso del viento contra los escarpados y la huida de algún cazador noctámbulo entre la hojarasca.

 

Mecánicamente nos frotábamos las manos con ruda. La frente, sienes, tras las orejas. Olíamos, aliviados, su olor repelente. Nos protegería de las corrientes malignas, la curiosidad de los espíritus divagantes, los misterios que nos aguardaban en la quebrada, dueños absolutos de la noche.

 

Estrellado el cielo proyectaba mayor oscuridad en la medida que avanzábamos, ahora, a través del caminito serpenteante entre las rocas, superiores a nuestra estatura, algunas.

 

Cuando el frío estaba a punto de cerrarnos las fosas nasales, Pedro se detuvo. Hemos llegado, dijo.

 

Vimos su silueta alejarse un tanto, como para calcular distancias. Regresó. Hizo, con el machete, señales en el aire.

 

Se extendía, a nuestros pies, una diminuta meseta cercada por arbustos, a cuyo lado derecho se imponía un cerro eriazo, y, al izquierdo, deslizaba una falda cubierta de pencas y zarzamoras. No necesitamos luz para ver, siguiendo el brazo instructivo de Pedro, enfrente, a pocos metros, la grieta que se hundía en el bajo vientre del pizarrón lanzado, por las sombras, hasta el firmamento.

 

Nos sentamos, menos Pedro. Dispuso una armada de hoja de coca y nos armamos. Musitaba al tiempo que entregaba la botella a Segundo. Imposible inquirirle. Había entrado en transe.

 

Extendió sus brazos hacia la grieta, más negra en la medida que la mirábamos. Su voz, entonces, rompió los espejos que repetían el paisaje de sombras, en el cenit de la noche. Entonaba una oración en una lengua desconocida. Su timbre era trémulo, pero diáfano. Si alguien estuviese en el vientre de la peña, lo escucharía, sin duda. Al comienzo, imprecó, enérgico; al final, imploró. Lo supimos por los tonos bajos. Al cabo de un rato, con la expresión quebrada como un cristal, cayó de rodillas. Inclinó la cabeza. El silencio reinó un instante eterno. Se puso de pie lentamente, nos encaró y, con un ademán, decretó el retorno.

 

No se puede hacer nada, dijo, poniendo la mano sobre el hombro de Segundo: el alma de tu padre se quedará en la montaña.

 

Al arribar a la comarca, al amanecer, una lámpara suspendida en el dintel, en la casa al final de la calle principal, anunciaba el velorio de Silos Acosta, muerto de una enfermedad desconocida.

01 abril 2021

ÍTACA


Ser es
Volver
No ir
Umbral
Escalera interior
Hoguera
En su afán
La palabra
Olvida su causa
Volver es todo
Mástil
Marea
Playa
Ir es
A ningún lugar
Abandonar el destino
En la nada