04 marzo 2022

MADERO DE PUENTE

 

Las embravecidas aguas del Sendamal se habían llevado el puente, dejando, como dato de que alguna vez estuvo allí, los rieles de acero que sostenían los troncos y tablas de eucalipto de que estaba hecho sembrados, de un lado, en los remolinos que se iban formando entre las piedras indómitas, y, asidos, del otro, formando sendas uves, a las orillas suspendidas sobre los pizarrones que contemplaban, estáticos, la hecatombe, el drama natural mediante el cual se acomodaban las piezas del paisaje, en ruidoso y eterno ceremonial, ajena a los caminantes, que esperaban, guarecidos en una cueva bordada de lanches y zarzamoras, el cese de la lluvia, para proseguir su rumbo, súbitamente suspendido.

 

Caía torrencial la lluvia, más torrencial aún pendiente abajo de las montañas, sobre el río caudaloso, de piedras imperturbables, que, a su pesar, las separaba, ahora con más énfasis todavía, destruido el puente a través del cual insistían en juntarlas, los caminantes.

 

Pronto llegaría la noche, más noche en la profundidad de la tierra, bajo el caer incesante de la lluvia, el frío húmedo y el alboroto de las aguas espumeantes sobre las rocas, que no dejaban de llevarse cuanto pedazo de naturaleza era llevable.

 

No podemos regresar —dijo el padre—: imposible ascender a la cima de la montaña, el camino es pedregoso y empinado, intransitable a oscuras y bajo la lluvia.

 

Atravesando el río, sería otra cosa. La corta travesía, que, como anillo, bordeaba los cimientos de la montaña, pronto los dejaría, del otro lado, en los sólidos caminos de la ladera, menos pedregosos y cercados de arbustos más tupidos, que darían sensación de abrigo y de menos soledad.

 

Cruzaremos el río por la mañana, cuando sus aguas hayan recuperado la calma — agregó, recostando la espalda, protegida por su fiel poncho de lana, sobre el tronco tumbado contra el muro labrado por el tiempo—.

    

02 marzo 2022

LA CASA DERRUIDA


Abrazada por las zarzamoras y gramas, ya silvestres por el olvido, que trepan por sus escarbadas paredes, de viejo tapial, despojada de todo techo y secretos, abandonada al viento y la inclemencia de la intemperie, en la pequeña planicie, donde el caminante reposa, antes de empezar el ascenso a través de la empinada montaña, a la vera del camino empedrado e inmemorial, se encuentra la casa derruida.

 

Quienes, al transitar por allí, se detienen, cansados, adentran un poco en la fronda, acampan, se tumban a dormitar sus aventuras sobre la hierba, hacen como si no existiera, ni siquiera como si fuera parte del paisaje, del oquedal o el pretérito de las horas cansadas, como si no existiera, como si no hubiese existido.

 

Están allí, aun cuando muy heridas y gastadas, sus paredes de tierra inagotable, aún de pie, simulando, la del frente, una puerta y ventanas que pareciera nunca existieron, pero que un día, seguramente, vieron llegar y partir unos pasos y esperaron un retorno; las de los costados y parte posterior, una protección, por lo visto en los alrededores, innecesaria.

 

Debajo de su techo, que ya no es, salvo el vestigio de algunas vigas corroídas por la sal del tiempo, habitó un maestro de las malas artes, ducho en ver, en la ceniza adherida al alumbre, el paradero de las reses perdidas; en las cartas, la suerte de los infortunados; en las hojas de coca, el temor de los intrépidos.

 

Responsable de caídas y desgracias, cuando estaban a punto de enterrarlo, cuatro peones, en un sepelio sin dolientes ni cortejo, en medio de un diluvio inusitado, cuentan que cayó un rayo y desapareció su cadáver del cajón, que quedó intacto, al igual que ilesos sus frustrados enterradores.