Desterrado por sus ideas durante los años cuarenta del siglo pasado, vivió cuarenta años fuera de su patria, entre Chile, donde se casó y fundó su nueva familia, y Argentina, donde encontró la forma de ganarse la vida, dedicado a la lectura y la zootecnia.
En el ocaso, enterado de que su partido había conquistado, por fin, después de tanto trajinar, muerto su fundador, el poder político, inaccesible en sus tiempos, regresó, tal como partió, con sus sueños y la ropa que llevaba puesto, dejando todo con los suyos, salvo algunos dólares, indispensables para salvar las fronteras en esos nuevos tiempos.
Regresó a su tierra, un pueblito enclavado en los andes del norte, detenido en el tiempo, al que, salvo los inevitables vacíos y ausencias, encontró como lo había dejado, con sus calles empedradas, sin luz eléctrica y con una pileta de agua que abastecía a todos los habitantes.
La novedad era que podía llegar, apiñado con mercaderías, ovejas y aves de corral, en la carrocería de un pequeño camión, por una carretera prohibida para personas con síndrome de altura o demasiado apego familiar.
Se instaló en una casona heredada que le entregaron, en acto ritual, sus hermanas, que no habían perdido la fe en cumplimentar la última voluntad de sus padres. Celebraban su retorno como si su partida hubiera sido el día anterior. Tendrían por fin con quien conversar en los atardeceres, lejanos los hijos y cansados los caminos.
Tenía el hábito de la lectura, sobre todo de enciclopedias y novelas históricas, y la afición por la zootecnia, más allá de la mera necesidad alimentaria. Todos los animales que criaba llevaban un nombre, por humildes que fueran, al que estaba seguro respondían. El pato Joselito, el gallo Nerón, la yegua Lucha eran sus favoritos.
A los vecinos les inquietaba su charla. La impronta de sus años mozos, su cercanía a líderes de su partido y grandes hombres de letras, junto a los cuales fue desterrado, sus andanzas en tierras extrañas, que luego se introdujeron en sus venas, el tono grave de su voz, su prosodia mestiza, latina, hecha de acentos peruanos, chilenos y argentinos, más de estos últimos.
Lo apodaron Tío Dólar por su disposición, extranjera, a pagar las cuentas con la moneda americana, en tienditas modestas, que aún practicaban el trueque.
Fue elegido alcalde, en homenaje a su trayectoria y con la esperanza de que algo hiciera por sacar a su pueblito del olvido, él que había visto tanto allende las fronteras, teniendo en cuenta, además, que su viejo partido, remozado con el verbo prometedor de un líder joven, había tomado las riendas de la patria.
No bien comenzó su gestión, empero, las cosas se complicaron. Empezó la debacle del gobierno, que hizo trizas sus anhelos largamente postergados.
Un día, al salir del Palacio Municipal, le reclamaron airados unos vecinos que habían escuchado que las cosas subían diabólicamente de precio por culpa del dólar, al que ellos conocían como su alcalde.