30 noviembre 2021

EL TÍO DÓLAR


Desterrado por sus ideas durante los años cuarenta del siglo pasado, vivió cuarenta años fuera de su patria, entre Chile, donde se casó y fundó su nueva familia, y Argentina, donde encontró la forma de ganarse la vida, dedicado a la lectura y la zootecnia.

En el ocaso, enterado de que su partido había conquistado, por fin, después de tanto trajinar, muerto su fundador, el poder político, inaccesible en sus tiempos, regresó, tal como partió, con sus sueños y la ropa que llevaba puesto, dejando todo con los suyos, salvo algunos dólares, indispensables para salvar las fronteras en esos nuevos tiempos.

Regresó a su tierra, un pueblito enclavado en los andes del norte, detenido en el tiempo, al que, salvo los inevitables vacíos y ausencias, encontró como lo había dejado, con sus calles empedradas, sin luz eléctrica y con una pileta de agua que abastecía a todos los habitantes.

La novedad era que podía llegar, apiñado con mercaderías, ovejas y aves de corral, en la carrocería de un pequeño camión, por una carretera prohibida para personas con síndrome de altura o demasiado apego familiar.

Se instaló en una casona heredada que le entregaron, en acto ritual, sus hermanas, que no habían perdido la fe en cumplimentar la última voluntad de sus padres. Celebraban su retorno como si su partida hubiera sido el día anterior. Tendrían por fin con quien conversar en los atardeceres, lejanos los hijos y cansados los caminos.

Tenía el hábito de la lectura, sobre todo de enciclopedias y novelas históricas, y la afición por la zootecnia, más allá de la mera necesidad alimentaria. Todos los animales que criaba llevaban un nombre, por humildes que fueran, al que estaba seguro respondían. El pato Joselito, el gallo Nerón, la yegua Lucha eran sus favoritos.

A los vecinos les inquietaba su charla. La impronta de sus años mozos, su cercanía a líderes de su partido y grandes hombres de letras, junto a los cuales fue desterrado, sus andanzas en tierras extrañas, que luego se introdujeron en sus venas, el tono grave de su voz, su prosodia mestiza, latina, hecha de acentos peruanos, chilenos y argentinos, más de estos últimos.

Lo apodaron Tío Dólar por su disposición, extranjera, a pagar las cuentas con la moneda americana, en tienditas modestas, que aún practicaban el trueque.

Fue elegido alcalde, en homenaje a su trayectoria y con la esperanza de que algo hiciera por sacar a su pueblito del olvido, él que había visto tanto allende las fronteras, teniendo en cuenta, además, que su viejo partido, remozado con el verbo prometedor de un líder joven, había tomado las riendas de la patria.

No bien comenzó su gestión, empero, las cosas se complicaron. Empezó la debacle del gobierno, que hizo trizas sus anhelos largamente postergados.

Un día, al salir del Palacio Municipal, le reclamaron airados unos vecinos que habían escuchado que las cosas subían diabólicamente de precio por culpa del dólar, al que ellos conocían como su alcalde.

24 noviembre 2021

RESURRECCIÓN EN LOS TEJADOS


 

Aquella tarde, como otras veces, llovió como si el agua del cielo estuviera dispuesta a recuperar la laguna que fue en tiempos inmemoriales la pequeña ciudad asentada entre la planicie y las laderas cada ves menos altivas.


La creciente que ingresaba ruidosa por la calle recién asfaltada que descendía del camino de herradura, atravesada la calle principal, la plaza, el parque, sumadas las repentinas calles afluentes, terminaba, en la parte baja, que daba a los solares, antes y después del pequeño río, efectivamente, como una inmensa y distendida laguna, alzada hasta los ramales de los sauces y las ventanas de las pocas casas de tierra dispersas en la pampa.


Si no fuese por la quebrada que cortaba los cerros calizos, al pie de la ciudad, para perderse, pedregales adentro, en el valle, que fungía de desembocadura, la ciudad toda hubiera sido inundada por las violentas aguas reunidas en la explanada, cargadas de palos y canto rodado, que traían de las faldas, y de vajillas, bacinicas, zapatos y demás humanidades, que hurtaban de las casas ubicadas en las esquinas, donde su caudal se bifurcaba.


Cesada la golpiza, que no era el fin del mundo, después de todo, la ciudad volvía a respirar, temblorosa, pero segura de sus tejados resurrectos.


Las puertas se iban abriendo tímidas, surcadas por la cal de las paredes. Menester asomarse. Aún se tenía la oportunidad de ver, tras las oscuras nubes en retirada, los últimos resplandores del crepúsculo, indispensables para cruzar los puentes en la profundidad de la noche.


En la esquina de la cuadra, doña Noemí, como una aparición, trataba de retirar, con una escoba de sorgo, el sedimento que había sellado la puerta de su tienda. Pronto llegarían los vecinos a comprar chocolate.


En la pampa, los damnificados echaban de menos su ganado y trataban de recuperar sus enseres de entre el lodazal que consumía los cimientos de sus casas derruidas.


Sería una noche de cielo estrellado y, por tanto, de frio intenso. Tiempo de caminar, bajo las luces de neón, débiles como velas expuestas al viento, por las calles húmedas y desoladas, contemplando, en forma inconsciente, quizá, la Cruz del Sur, mientras se conversa, la mayor de las veces sin pronunciar palabra.

16 noviembre 2021

ESA OTRA FLECHA, EL POEMA


 

Toño Cisneros dijo, alguna vez, que la computadora había sido inventada para los poetas, ante la sugerencia de que ésta no favorecería el proceso creativo con la misma calidez que la pluma y el papel, de importancia hasta neurológica, según los entendidos.

 

Antaño, los bardos, tahúres, vates, comunicaban sus versos de viva voz, algunos seguramente concebidos en el momento mismo de su declamación, en ágoras, estaciones, plazas, reuniones privadas, ceremonias públicas, ajenas, las más de las veces, a la poesía, ante audiencias díscolas, cargadas, sin duda, de otras preocupaciones, pesadamente cotidianas.

 

Su placer era ese. Sentir que convocaban, que cambiaban a la gente, que modificaban cosas, no obstante estar convencidos que terminarían, en los atardeceres, al final de los caminos, solos, andantemente solos, ante las noches definitivas, que cerraban la misma realidad todos los días.

 

Un día quisieron perdurar, me imagino, lograr que sus cansadas voces fueran escuchadas más allá de su finita presencia, aun cuando no las lanzaran sobre las multitudes.

 

Grabaron, entonces, sus emociones sobre murales de barro, pieles de fieras trashumantes, tejidos de hojas de hierba seca, cortezas de árboles, con piedras aguzadas, tintes de plantas exóticas, sus propias manos, en fin, agudas como la lluvia y el fuego.

 

Llenaron de símbolos el paisaje, siempre el mismo, siempre abierto, siempre bello, pero que ellos creyeron alterar, hacer trizas, quizá embellecer, hasta el paroxismo.

 

La tecnología les tendió la mano, una y otra vez.

 

Sin duda, la pluma y el papel fueron inventados para los poetas. No para para los escribanos, comerciantes o fedatarios. Para los poetas, está claro. Para que canten el amor en sus infinitas formas, las gestas, los anhelos, las grandes causas, los laberintos de la soledad, el silencioso paso de las horas.

 

Como el dedo de Dios en la roca zafia, la pluma de los líridas, liróforos, zahoríes, perennizaron, en los abanicos y álbumes de las amadas núbiles, el brillo de sus ojos encendidos por su canto; en las cantimploras de los insurrectos, el agua depurada, en el rocío, por las hojas dadivosas de los árboles.

 

La máquina de escribir fue inventada para los poetas. No para los notarios, contadores o políticos. Sin ella no se hablaría de poesía social.

 

Tenía razón, Cisneros.

 

¿Acaso los muros de este mundo cibernético, de redes y tejidos, sin distancias ni tiempos, de presencias y ausencias, no han sido, también, inventados para los poetas?

 

Finalmente, igual dejan esa sensación de felicidad y abandono con que se mira el atardecer del mar desde una tienda en las dunas.