18 junio 2023

ORACIÓN DEL PADRE


Mi viva es encontrarte
En mi voz por las mañanas
En el abrazo absoluto de mis hijos
En mi silencio
Sobre todo en nuestro silencio
Que me habla con tu mirada
Que no ha partido
En el corazón cada vez más grande
De mi madre
Que acaricia mi frente expuesta
Para que no se rinda
En los caminos de mis hermanos
Hechos de tu coraje y de tus sueños
Que sueñan todavía
Mi vida es buscarte
A la sombra del árbol que sembraste
En el surco
Que empezamos para que yo tuviera mi surco
En los horizontes que me enseñaste
En la palabra que pusiste en mi cuaderno
Para que aprendiera a hablar con las crisálidas
En las noches de regadío
Mi vida es sentir tu abrazo y abrazarte
Besar tu frente pensativa
Encontrarte y buscarte
Allí donde estás
Es decir en la eternidad y en todas partes
Cajamarca, Día del Padre de 2023.

12 junio 2023

MONÓLOGO ENTRE GRIETAS

 

Escribo para que no desaparezcan las palabras

Para que no las borre la arena de los días

Para que no las sepulte de las multitudes el silencio

 

Desde una tarde olvidada escribo

Sobre el árbol a cuya sombra

Mi abuelo paterno contemplaba 

El caer de los crepúsculos

Para que no desaparezcan los crepúsculos

 

Nombro con palabras la ira de los pueblos

La insurrección de la hierba pisoteada

El clamor de los ríos asediados

La estampida de los bosques talados

La sublevación de los parques incautados

El óxido de las lluvias de verano

Las madres con los puños en alto altivas

Y sus hijos en sus espaldas consagrados inocentes

El viento sin velas ni hojas ni cansadas nubes de la protesta

Las voces que no se resignan multitudinarias

Para que no desaparezcan las causas olvidadas

 

Con palabras señalo el rostro de los tiranos

Sus vestimentas luminosas y sin embargo purulentas

Su bastón de cabeza de cabra y pata de víbora

Sus oídos sordos sus andares cojos sus miradas ciegas

Sus ensangrentadas manos impartiendo paz

Estrechando ajenas otras manos

El brillo de sus espadas a plena luz del día

El filo de sus espadas en la oscuridad plena de los días 

Para que no desaparezca la memoria

Para que no crezcan geranios sobre el rastro de los desaparecidos

Para que las palomas no olviden el destinatario de sus cartas

 

Escribo en los muros para que no desaparezcan los muros

Debajo de los puentes a la manera de un grito escribo

Para que los puentes no se cansen de llevarnos a la otra orilla

 

No importa si las palabras

Han dejado de usarse 

Para nombrar las grietas

Los mensajes explícitos del silencio

Las infinitas formas de la espera

El rostro innumerable de los postergados

La gula inmemorial de los tiranos

 

No importa si las manos

Secuestradas por los remos

Han dejado de escribirlas

Si los pájaros se cansaron ya de dibujarlas a pesar el viento

 

Yo las escribo las grabo las echo a volar

A sabiendas de su orfandad inmerecida

Para que no desaparezcan

Para que las especies que tienen la facultad de volar no dejen de volar

Para que el hambre no renuncie a su hora

Para que el pasado abandone su isla perdida en el tiempo

Para que el futuro sepa que presurosos vamos a su encuentro

 

Cajamarca, 11 de junio de 2023

 

Daniel Santos Gil Jáuregui

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

01 junio 2023

PELEADOR CALLEJERO


Huérfano de madre en forma temprana, su niñez estuvo marcada por la desidia de su padre y la iracundia de las madrastras —siete— que éste, hecho al trabajo rudo y la bohemia, le impuso, ajeno a la tristeza contumaz e infinitas ausencias que desde entonces lo acecharían para siempre. A diferencia de sus hermanos mayores, que, a la muerte de su progenitora, fueron reclamados por sus tíos, para servirse de ellos con el pretexto de criarlos, él se quedó con su padre, huérfano, también, de hogar y perspectivas. Como un cachorro lo acompañó en sus trajines sin horizonte ni estabilidades, intentando compartir los amores que aquél inventaba, que terminaban casi siempre de manera calamitosa. Con él esos amores no fueron amables. No se preocuparon por su educación, no lo incluyeron, lo maltrataron. Al paso de su padre, como peón, por una hacienda azucarera, de esas que, conversas al modelo capitalista, subsisten como oasis en los desiertos de la costa, un día, entrado en la adolescencia, decidió huir, irse lejos, tentar destino. Las juntas, repentinas, lo dejaron en un pueblo de la ceja de selva central, dominado por los cultivos de coca, café y cacao. Trabajó en la labranza de la tierra y cosecha de esos productos. Solo, ante el mundo, no tuvo la oportunidad de la educación. Aprendió a sobrevivir.

 

Cuando, echada la escasa barba al viento, regresó al hogar de su padre con una de sus mujeres, en un lugar cualquiera, en realidad, llegando para quedarse —no había alcanzado, aún, la edad de la emancipación— no logró unirse, reintegrarse como hijo, como le correspondía todavía. Estaba muy distante, muy ajeno, a su propio padre, incluso, viejo león, ya cansado, abocado a construir una sombra donde aguardar el crespúsculo, no importaba en realidad al lado de quién. Habitó con ellos, pero, no vivió con ellos. Irredento, curtido, no acataba las reglas de la familia, heterogénea. No se llevaba bien con los hermanastros; no con la madrastra. Se buscó un trabajo, como peón de construcción civil, que le permitiría un margen importante de independencia. Así, pronto, se hizo a la bohemia, aprendida, ya, en alguna que otra cantina del pueblo de ceja de selva donde anduvo antes, al amparo de viejas canciones del Jilguero del Huascarán, que solía cantar en sus soledades. Inevitable, en algún momento, la oportunidad de medir fuerzas, de entrelazar arrojos, entre ríos de licor y nubes de humo de tabaco, a veces. No recuerdo si lo apodaron, en atención a sus hazañas con los puños, o se autonombró, el caso es que, a partir de entonces, se lo conoció, en el pueblo, como el Peleador Callejero, a la imagen del personaje de un viejo filme del mismo nombre.

 

Fue invitado, una vez, a probar la dureza de su mandíbula en un ring de box, en una de esas veladas deportivas que amenizaban las noches de la ciudad de escasas luces mortecinas, a la que aún no llegaba la televisión, que animaba ya las noches de las metrópolis. Díscolo, hombre sin reglas, perdió la pelea por puntos, ante un boxeador aficionado, al cual, luego, en los camerinos, redujo a golpes, bajo el estilo callejero, que era lo suyo.

 

No terminó bien. Un día de oscuridad total, como aquel de su infancia que se llevó a su madre, osó medir fuerzas con su padre, distante y bohemio, y minado por los años, nunca lograría explicarse por qué, y, a su pesar, venció, venció, alcanzando, así, su derrota definitiva.