30 marzo 2021

LOS ARRIEROS

Llegaban de madrugada, antes que la ciudad despertara.

Desde la oscuridad de nuestras habitaciones escuchábamos entrecruzarse, en la calle fría y solitaria, la fuerte respiración de las acémilas, aliviadas ya de su carga, y sus voces, un tanto apagadas por el zumo de la hoja de coca con el que conjuraban el sueño y los fantasmas que acechan en los recodos de los caminos inmemoriales, y, desde luego, los amables ladridos de los perros, de los que llegaban, jadeantes, y de los que esperaban, novedosos y receptivos.

En la medida que iban apilando la carga en los alares –lo percibíamos sin abrir los ojos, simulando estar dormidos–, la casa se iba inundando con el olor del café, parecía recién cosechado, que predominaba sobre el del cacao, no menos fuerte, y el de los alfeñiques, tal vez inadvertidos, pero más esperados.

El silencio, luego, era quebrado apenas por sus medias voces, menos disfónicas cuando más cercano el día, respetuosas de nuestro sueño. Si hubiéramos estado dormidos no habrían logrado despertarnos.

Debieran estar, seguramente, recostados sobre troncos o sentados en las bancas de los corredores, dando golpecitos al calero para sacar la cal con la que ir pinchando, con el chufrán, el bolo de coca, que les deformaba el rostro, pero les daba aplomo, repasando los incidentes de la travesía, en tanto nuestros padres organizaban el desayuno familiar, ahora ampliado con el concurso de los parientes lejanos, que llegaban de lugares remotos, tal vez inexistentes.

Instalado el día en mitad del patio, bajo el duraznero que le daba sombra, sentado en un tronco de capulí, el tío Juan Sánchez, con el sombrero de toquilla sobre la rodilla, contaba las hazañas que habían permitido su arribo.

Venían de un pueblito remoto ubicado por nuestra imaginación en la cuenca occidental del Marañón, rodeado de laderas, envuelto en vapores azufrosos, al norte, muy al norte de Celendín, de tierras cálidas, cubiertas de abundante vegetación, en el que se abrían paso sembríos de coca, café, cacao y caña de azúcar.

Al ritmo de las mulas y un caballo, que cabalgaba el tío Juan, tardaban tres días con sus noches.

Descansaban en cuevas, protegiéndose con hogueras de los pumas, y se alimentaban cuando los asaltaba el hambre, básicamente con harina de cebada mezclada con chancaca rallada, un alimento rico en calorías que les prodigaba la energía para remontar la cuesta Sal si Puedes y bajar la pendiente infinita de Santa Catalina, que da a la Llanga, tributario mayor del Marañón.

Cruzaban la Llanga en su tramo que hunde sus gélidas aguas en el vientre incandescente del valle de Llanguat, despensa frutal de Celendín, en oroya, cuando el caudal era alto, o, a nado libre, cuando era bajo, halando cada hombre una mula, diestra en sortear, en diagonal, las embestidas de las corrientes.

Hechos al calor del valle, esperaban la noche para arribar a la ciudad.

Sabiduría de arrieros.

28 marzo 2021

EVOCACIONES

Hay paz en la espiga
Y en la hoja
Que libra su batalla
Certeza del abrazo
No digo del cielo
Su nostalgia
De vernos reunidos
Alrededor de la esperanza
Escala de grises
Que son todo
El trajinar
De tu mirada hecha de recuerdos
El corazón
Ábrese de gozo
Como la hierba
En el corazón de los trigales

VUELOS

La espera forjó el páramo
El horizonte
Tal vez la raíz
El barro marino
Esa otra memoria
La búsqueda
Las abrazadas montañas
El roquedal
La fuente
El humo en los tejados
¿Adónde van la aves que imaginamos solitarias?

14 marzo 2021

IMÁGENES

Las nubes
Danzan los colores del blanco
Musitan las formas de la forma
Celebran el verdor
La incisión de la Luz
Que convierte la tierra en legumbre
Debe dolerles el dolor
Que han vivido tanto
Envueltas en su manto azul
Por eso
En los atardeceres lloran
Y lloran en los amaneceres
Los caminos labriegos de la esperanza
Yo
Cierro los ojos
Para verlas mejor
Siento la mano de mi padre
Que me devuelve al sueño inacabado
De las travesías

02 marzo 2021

SOLEDAD EN EL ADIÓS


 

El funeral, el rito del adiós definitivo, la idealización de la muerte, son atributos de la raza humana, que dan cuenta de su evolución, de su superioridad sobre las demás especies vivientes, al igual que la palabra, la abstracción, la memoria, el razonamiento.

 

Se sabe del dolor de algunas especies ante la muerte de sus semejantes con los cuales ha compartido la odisea de la vida, pero no de rituales parecidos a los humanos. Los especialistas en la materia dicen que existen pruebas, recientemente descubiertas, de que el neandertal habría enterrado a sus muertos, pero no se ha podido establecer que hubiera practicado algún tipo de protocolo fúnebre.

 

La muerte es un hecho biológico y espiritual que, al igual que el nacimiento, forma parte de la vida, es cierto. Ambos, la definen como realidad que existe en el interregno de dos misterios: de dónde venimos y hacia dónde vamos.

 

A diferencia del hecho del nacimiento, que procura la mayor de las alegrías a los progenitores, al ser social y, seguramente, al naciente, sin embargo, el de la muerte causa la más profunda de las tristezas a los deudos, al ser social y, sin duda alguna, al muriente.

 

Es la conciencia de tales hechos la que acentúa su sensibilidad, está claro.

 

Y es conforme a ella que, por otra parte, nos defendemos del suceso crepuscular, que causa dolor, desolación y desdicha sin límites, orfandad de orfandades, mediante el funeral, que nos permite la solidaridad, el abrazo, el llanto, la fuerza espiritual, la certeza de la trascendencia, la resignación. La muerte es menos muerte con el funeral.

 

Pero, oh desdicha suprema, el virus que acecha contra nuestras vidas, que nos tiene secuestrados –en nuestra casa o deambulando por las calles–, que nos mata alevosamente, también nos priva del consuelo del funeral, de la gracia de la despedida final, del adiós de los seres queridos, del río infinito de las lágrimas.

 

Nos golpea en nuestra esencia, en nuestra magnitud, en nuestra altura humana. Nos trata como a rama quebrada, piedra olvidada en las orillas, ave del viento apagada en el trajín de su vuelo.

 

De este ataque también debemos incorporarnos. Salvar la dignidad de la muerte, debemos, defendiéndola de la soledad, de las horas vacías, de la aridez del desierto, de la resignada incineración. Con nuestra solidaridad, nuestro abrazo, el vivificante caudal de nuestro llanto.

 

No debemos permitir que el virus nos siga quitando la vida (ya la ciencia hizo su trabajo), ni que nos siga negando, además, la posibilidad de derrotar a la muerte con la fuerza sobrehumana de nuestro afecto.