Sorbió un gran trago de aguardiente, haciendo gala de su cavidad bucal, y, apretando calculadamente los delgados labios, a la forma de un pulverizador, lo esparció sobre las hojas secas de tabaco tendidas sobre un mantel sobre la mesa, cuyas dimensiones estaban al alcance de sus manos, encargadas de estimar los límites y apreciar las formas, privados de visión como estaban los ojos cuyos iris apuntaban a cualquier parte.
Repitió el ritual varias veces, al tiempo que volteaba las hojas y verificaba que estuvieran salpicadas de las gotículas de aguardiente en toda su extensión, en forma uniforme, por anverso y reverso.
Las taparía con un mantel, luego, para que se emborracharan toda la noche. El aguardiente, en todo caso, durante ese tiempo, mataría las bacterias incorporadas, con su saliva, al proceso al momento de la pulverización bucal.
El hecho es que nadie reparaba en ese detalle. Para sus clientes, nadie curaba mejor el tabaco que don Cieguito Vargas.
Expuestas al sol, al día siguiente, las hojas estaban listas para la envoltura.
Sentado en un banco, sobre una mesa más bien baja, a la misma altura de éste, iba envolviendo las hojas hechas jirones con sus uñas, en pequeños rectángulos de hojas de periódico, que pegaba con almidón de yuca, y formando atadillos de doce cigarrillos, sin filtro, al natural, que apiñaba en cajas de zapatos, como quien a veces tararea o silva una lejana romanza.
Las mejores hojas, según su olor y textura —su especialidad— las reservaba para los cigarrillos más preciados, que envolvía en rectángulos de hojas de biblia. Costaban más, claro, el olor que al fumarse expelían era menos intenso, más discreto. Golpeaban menos. En algo influían seguramente las palabras sagradas que se llevaban los pequeños carboncitos en su vaivén y su sube y baja llevados por las manos de los fumadores, mientras circulaban alrededor de la plaza de armas o se tomaban unos tragos hasta el amanecer en una cantina ubicada en una calle sin luz ni esperanza llamada Las Tinieblas.
Nunca le faltaba trabajo. Si no las calles de luces mortecinas y el remolino interminable de la plaza de armas, el humo de sus cigarrillos, curados a su manera, con el fermento de su saliva y el aguardiente atemperado en su cavidad bucal, atenuaba las penas de los deudos en los velorios o amenizaba la alegría de los danzantes en los bailes sociales.
Tiempo después vendrían los cigarrillos de marca, con sus filtros y aromas artificiales y sus cajetillas artísticas, que le iban mejor al bolsillo de la camisa o del saco, y, claro, a la cartera.
Cansado de vivir, un día, bordeando la centuria, llevándose su intenso olor a tabaco curado, con aguardiente y su propia saliva, don Cieguito de marchó, dejando para la posteridad, sin saberlo, una frase, inscrita en las cajetillas de marca: «fumar es dañino para la salud».