14 marzo 2023

LEITMOTIV

 

La invitación a una reunión de celebración, dejada en una de las redes, de esas que ahora abrazan con fruición al planeta, me recuerda que se ha cumplido, en diciembre pasado, treinta años desde que salí de las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Trujillo, a las que llegué inculcado por mi padre, que, habiendo oficiado en su juventud de escribano en el despacho del notario de mi ciudad y acercádose, a la sombra de los alares de la casa de campo, a los clásicos griegos y los poetas nacionales novecentistas, abrigaba la idea de que el circunspecto de la casa, de pocos amigos y muchos silencios, fuera el defensor del prójimo y el escriba que, en otros entornos y tiempos, acaso a él le hubiera gustado ser.

 

No tuve la oportunidad de conmensurar, en forma previa, la carrera de derecho. Empecé a quererla estando en ella. No me pregunté nunca si tendría cualidades para estudiarla o desempeñarla, o no. Sentí que la podría adecuar a mi forma de ser, es todo. No recuerdo haber expuesto nunca un tema, en clase, sin que el alma no abandonara para siempre la dimensión de mi cuerpo.

 

Luego de clase, me pasaba el tiempo en la vieja biblioteca del Jr. San Martín, a espaldas de la Plaza de Armas, hurgando en los volúmenes, ya clásicos, de Raúl Zaffaroni, Hurtado Pozo o Peña Cabrera, por referir el área penal, entre otros, en realidad incontables.

 

No hacía otra cosa, sino estudiar. Oficio posible, en toda su amplitud, gracias al amoroso sacrificio de mis padres. Ojalá pudiera replicarlos con la solvencia que lo hicieron ellos.

 

En forma concomitante a mi incursión en el estudio de la ordenación jurídica, me acerqué a la creación literaria, es decir, compartí con los amigos, no todos solitarios, mis manuscritos de poesía y una que otra prosa, traídos, a escondidas, en la alforja.

 

Empezamos a caminar, con algunos de ellos, ese otro camino, yacente en los pasillos de la facultad, en los rincones de la biblioteca, en los cafés, a la salida de los cines. Plaquetas, revistas, lecturas colectivas, se sumaron a las tareas jurídicas, para siempre.

 

Fueron años intensos, juventud propiamente dicha. No exenta de moderada bohemia, casi imperceptible.

 

No se nos enseñó a hacer un alegato, ni oral, ni escrito, en las aulas. Se nos colmó de sus elementos.

 

Y nadie nos enseñó, en las antípodas, la carpintería del poema (el término es de Marcos Ana), ni los laberintos del relato (el término es de Borges), ni las inferencias del artículo. Los aprendimos leyendo y haciéndolos.

 

Llegado el momento, hace treinta años, sentí la urgencia de dejar las aulas. No he vuelto a ellas sino en la memoria, como alumno, quiero de decir.

 

Me he dedicado, desde entonces, solo a defender al prójimo, cumpliendo la inconfesa voluntad de mi padre, con muchas carencias seguramente pero con mi total entrega, y a buscar la rosa inalcanzable que habita en el otro lado de las palabras.

 

No digo, como Chocano, que hubiera andado poco y me hubiera cansado mucho. He andado mucho y, la verdad, no me he cansado nada.