Salman Rushdie, cuya novelística ha emparentado la crítica con el real maravilloso latinoamericano, se ha pronunciado en contra de la publicación de “En agosto nos vemos”, la novela póstuma de Gabriel García Márquez, anunciada para el año entrante, en que se cumplirán 97 años del nacimiento del autor, también, de “Cien años de soledad”
“Él no quería que esto se publicara. La escribió mientras padecía demencia y me preocupa que llegue a las librerías. Yo digo desde ya que en la universidad de Austin tengo algunos manuscritos algo agobiantes que no quiero que se difundan”, ha dicho, según La Vanguardia.
Seguramente su opinión atraerá más lectores a la novela, como suele suceder, sin perjuicio del natural interés que concita todo lo que se refiera al universo creativo del tal vez más grande novelista de América Latina de todos los tiempos.
El tema es otro, sin embargo: ¿Qué vigencia tiene la voluntad de quien ha incorporado su mundo interior al patrimonio de la humanidad?
Como decía Borges, un muerto no es un muerto es la muerte, y esta no tiene vida privada, núcleo de reserva, no, en todo caso, en los creadores de belleza, como en los descubridores de verdades.
Todo lo que explique su proceso creativo, su método, sus motivaciones devienen al interés público.
Muchos escritores, poetas, científicos, filósofos, se habrían opuesto a la publicación póstuma de sus manuscritos, tachados, corregidos, de sus apuntes, de sus edades de piedra.
Pero nada puede evitar que eso suceda.
Su existencia es eslabonaria en el proceso infinito de creación estética, de arraigo de la humanidad, de búsqueda. Son parte del asombro. Como tal nada de lo que hayan dicho o escrito puede estar vedado a la exploración y al conocimiento, salvado el riesgo de las motivaciones económicas y el marginal morbo, que no faltan.