15 noviembre 2022

VISITA DEL CIELO


No fue un día hábil como los de siempre, de calles silenciosas, casi despobladas, movidas apenas por el bastón del legendario canillita invidente que ofrecía, a voz en cuello, los diarios del día anterior a los comerciantes de la calle principal, algunos acodados sobre sus mostradores y otros sentados a la puerta de sus establecimientos, como hojas de hierba, en el sentido de los rayos del sol, señorial en el estío.

 

En las escuelas y colegios, desde luego, érase la luz de la infancia y el esplendor de la juventud, en los días cuotidianos, trascendiendo las viejas casonas, de amplios patios empedrados, acondicionadas para el galope del conocimiento, las artes y el deporte.

 

Ese día simuló un domingo, que por tradición era feria agropecuaria, sombrerera y de abastos. 

 

Los estudiantes salieron a las calles, organizados como para un desfile escolar, regentados por sus profesores.

 

Algunos comerciantes cerraron sus establecimientos; otros acogieron, transitoriamente, a sus amigos o vecinos.

 

De la campiña arribaron a la ciudad los labradores, a lomo de acémila o a pie, como convocados por una ilusión.

 

Por la calle El Cumbe, una de las bocatomas de la ciudad, bajaban (así de dice, aunque la ciudad es plana, debido a la pendiente que, por este lado, la precede), algunos corriendo, sombrero en mano, seguidos de sus mujeres, trenzas al viento. Del primo Segundo, entre ellos, solo vimos una ráfaga, al pasar frente a la casa, sin saludar con las atenciones de otras veces.

 

Todos iban a la pampa, en la cual había el trazo de un campo de fútbol y unos arcos a los cuales el imaginario popular, aficionado a este deporte, conocía con el pomposo nombre de Estadio Monumental Centenario.

 

Llegó, por fin, la hora que los había convocado.

 

Detrás de la fila tutelar de la ciudad, surgió en lo alto del cielo, diminuto y definitivo, precedido del ruido que dimanaba de su motor y del golpe de sus hélices contra el viento, el aparato volador del cual sabían, los que sabían, a ese entonces, solo por los libros y las noticias: el helicóptero.

 

Traía, por casualidad, al presidente de facto, un militar que se hizo del poder mediane un golpe de Estado.

 

El foco de atención, claro está, no era él, sino el ruidoso aparato volador que lo traía, velozmente cada vez más cercano.

 

La policía no pudo controlar a la muchedumbre ni, por ende, abrir un claro suficiente para el aterrizaje.

 

Fueron las olas de viento agitadas por las hélices las que lo hicieron, llevándose, lejos, los sombreros, levantando, indiscretamente, las polleras, e, incluso, tumbando a los aguerridos que querían ver cara a cara al extraño aparato cuyo ruido apagó todo grito posible.

 

Había llegado el primer helicóptero (que yo recuerdo) a la ciudad. Una visita difícil de olvidar, no, por cierto, por el huésped que traía en sus entrañas.

       

14 noviembre 2022

EL PROFETA DE LOS VERSOS

«Volverán las oscuras golondrinas» y «Veinte poemas de amor y una canción desesperada» eran sus poemas favoritos. Los declamaba en reuniones amicales, en los bares; en las celebraciones onomásticas de sus allegados; con un alto parlante, a través de la ventana de su casa, habitada solo por su soledad no obstante persistente la familia, ante la infinita calle desolada, en horas de la noche; al borde de la vereda, procurando no interrumpir la labor de los enfrenadores de sombrero, y en los entierros de los notables, cuyas bondades biográficas, además, relievaba con figuras poéticas e inusitada orfandad.

 

Autodidacto; quizá tenía primaria antigua. Versátil comerciante. La plata está tirada en el piso —decía—: hay que saber mover la escoba para recogerla. Él lo hacía, a su manera, vendiendo fósforos, jabones, velas, en una carretilla, en una de las esquinas del antiguo mercado central de su pueblo.

 

Maestro de la longevidad, se ufanaba de su autoproclamada virilidad, sobreviviente a su condición de bisabuelo. Hablaba, en las esquinas, de sus hazañas en la materia con los jóvenes de la época, que le traían remembranzas de sus años mozos, pertinaces en su larga vida.

 

Los vecinos atribuían su conservado estado de salud a su jovialidad, a su espíritu poético, a su entrega a las actividades productivas, a pesar, tal vez, de no tener, ya, necesidades económicas, vividas que habían sido sus etapas de responsabilidad social y familiar; él, desde luego, además, a sus dotes de seductor y al vino tinto.

 

Las calles de la ciudad recuerdan su añeja y elegante figura. A veces de terno negro, con borsalino y bastón, meditando, mirando hacia arriba y hacia abajo, hacia derecha e izquierda, antes de cruzar las calles. Otras, con ropa ligera, un gorrito con visera y de llanques, completamente laboral, llevando su carretilla de mercancías, sin mirar a nadie.

 

Atravesó nuestra juventud sin cambiar de aspecto.

 

Lejos, ya, de la ciudad, me enteré de su partida, a los ciento cinco años, todavía romántico, jovial y productivo.

 

No refiero su nombre, como debiera, fiel a él, que estimaba más importante el recuerdo de su impronta y sus andanzas.

10 noviembre 2022

LA RADIO, ESA OTRA VENTANA


El tío Pedro veía las peleas de box a través de la radio. No había visto nunca una imagen de los pugilistas —no compraba periódicos, no sabía leer, y, en su tiempo, no había televisión—, pero alcanzaba a ver sus bailoteos, sus esguinces, sus rostros sudorosos, sus pómulos hinchados, y, mucho más, claro, los golpes de gancho que, compungidos, recibían en el mentón, heroicos, hasta que uno de ellos, tarde o temprano, los tiraba a la lona, en forma clamorosa, ante los vítores y aplausos a favor del vencedor.
Pasados los tiempos, nos las contaba, una y otra vez, en las sobremesas, al alar de la casa grande que daba a los sembríos de maíz, mientras escogía sus hojas de coca, en las travesías, con lujo de detalles, como si las estuviera viendo nuevamente.
Escuchándolas de sus labios, también nosotros las veíamos, y, me parece, cada vez con nuevos incidentes, con más o menos golpes, y, tal vez, con resultados diferentes.
Lo mismo sucedía con el futbol. Era la época del ocaso de las viejas glorias. Nosotros conocimos de sus hazañas, en los setenta, por boca del tío Pedro, que los había visto a través de la radio, como si las estuviera viendo al momento que nos contaba.
Cuando llegó la televisión, el tío Pedro ya estaba por irse. No le despertó mayor interés. Los hombrecitos que apenas podían alcanzarle sus ojos miopes, desde la pequeña pantalla, no se parecían en nada a los atilas que había visto a través de la radio, en sus años mozos.
Nosotros, que pasamos nuestra infancia escuchándolo, tampoco volvimos a ver nada igual.
Aun ahora, cuando comparamos las destrezas de las estrellas modernas del futbol, que vemos a través de la pantalla, no dudamos en decir que no son como las de antes, probablemente las mejores estrellas de todos los tiempos.

EL PRIMER TELEVISOR

La televisión llegó a Celendín a mediados de los ochenta del siglo pasado. Solo con un canal, Panamericana, cuya señal llegaba a través de una repetidora ubicada en la jalca, Loma del Indio, que era encendida a las seis de la tarde. A esa hora la gente se congregaba en el extremo de la plaza de armas que da al Palacio Municipal, en cuya puerta principal, sobre una mesa de madera, yacía apostada la pequeña cajita de imágenes lluviosas que trasladaba la voz de Iván Márquez, que daba los avances del Panamericano, y las caras y voces angustiadas y sensuales de las actrices y actores brasileños y mejicanos.
Las noches de la plaza de armas desde entonces no fueron las mismas.
Aun cuando, en forma gradual, algunos vecinos empezaron a traer televisores, que generosamente ponían a la vista de los transeúntes, quizá un poco por vanidad, quien más convocaba era el televisor de la plaza de armas, se decía donado por la esposa del presidente. Sobre todo las veces que se transmitían partidos de futbol o peleas de box.
Claro, el caso de las telenovelas era un tema aparte. Hubo una, Encadenados, que protagonizaron Christian Bach y Humberto Zurita, que tuvo en vilo a la ciudad por meses. Se dice que los miembros del cuerpo edilicio suspendían sus sesiones para verla. El nombre de uno de sus personajes, el malvado Caralampio, fue endilgado, como apodo, a más de un prójimo, de por vida.
La plaza, entonces, tenía un horario de multitud, de feria. Un momento de encuentros, de amistad.
En pocos años, claro, la pequeña cajita entró a todas las casas, y la plaza de armas recuperó su antigua soledad.