No fue un día hábil como los de siempre, de calles silenciosas, casi despobladas, movidas apenas por el bastón del legendario canillita invidente que ofrecía, a voz en cuello, los diarios del día anterior a los comerciantes de la calle principal, algunos acodados sobre sus mostradores y otros sentados a la puerta de sus establecimientos, como hojas de hierba, en el sentido de los rayos del sol, señorial en el estío.
En las escuelas y colegios, desde luego, érase la luz de la infancia y el esplendor de la juventud, en los días cuotidianos, trascendiendo las viejas casonas, de amplios patios empedrados, acondicionadas para el galope del conocimiento, las artes y el deporte.
Ese día simuló un domingo, que por tradición era feria agropecuaria, sombrerera y de abastos.
Los estudiantes salieron a las calles, organizados como para un desfile escolar, regentados por sus profesores.
Algunos comerciantes cerraron sus establecimientos; otros acogieron, transitoriamente, a sus amigos o vecinos.
De la campiña arribaron a la ciudad los labradores, a lomo de acémila o a pie, como convocados por una ilusión.
Por la calle El Cumbe, una de las bocatomas de la ciudad, bajaban (así de dice, aunque la ciudad es plana, debido a la pendiente que, por este lado, la precede), algunos corriendo, sombrero en mano, seguidos de sus mujeres, trenzas al viento. Del primo Segundo, entre ellos, solo vimos una ráfaga, al pasar frente a la casa, sin saludar con las atenciones de otras veces.
Todos iban a la pampa, en la cual había el trazo de un campo de fútbol y unos arcos a los cuales el imaginario popular, aficionado a este deporte, conocía con el pomposo nombre de Estadio Monumental Centenario.
Llegó, por fin, la hora que los había convocado.
Detrás de la fila tutelar de la ciudad, surgió en lo alto del cielo, diminuto y definitivo, precedido del ruido que dimanaba de su motor y del golpe de sus hélices contra el viento, el aparato volador del cual sabían, los que sabían, a ese entonces, solo por los libros y las noticias: el helicóptero.
Traía, por casualidad, al presidente de facto, un militar que se hizo del poder mediane un golpe de Estado.
El foco de atención, claro está, no era él, sino el ruidoso aparato volador que lo traía, velozmente cada vez más cercano.
La policía no pudo controlar a la muchedumbre ni, por ende, abrir un claro suficiente para el aterrizaje.
Fueron las olas de viento agitadas por las hélices las que lo hicieron, llevándose, lejos, los sombreros, levantando, indiscretamente, las polleras, e, incluso, tumbando a los aguerridos que querían ver cara a cara al extraño aparato cuyo ruido apagó todo grito posible.
Había llegado el primer helicóptero (que yo recuerdo) a la ciudad. Una visita difícil de olvidar, no, por cierto, por el huésped que traía en sus entrañas.