24 octubre 2021

HABITACIÓN

 

 

 

Creció en el masetero la chiflera silvestre

Con su ración de sol y de agua

Mientras la contemplabas

Hasta darte sombra


Habría crecido en tu ausencia

Disputándose el trino de los pájaros

Con las zarzamoras

Librándose camuflada de los leñadores

Y de las crecientes de los feroces inviernos


Pero el destino lo acompañó de tu soledad

Y debe ahora aferrarse a la cascada

De tus horas inútiles


Quizá desde su lado

Te contemple abrazar los brazos lejanos

Esperar en el dintel

Cartas que no llegan


Respira tus hábitos no cabe duda

Tu manía de reprocharte los olvidos

De escuchar tu voz perderse en las ventanas vacías


Supone que podrías estar

Disputándote el calor de una tarde

Con los transeúntes como tú

Librándote de las estaciones

De los anuncios luminosos

Compartiendo el aire contaminado

En un rincón del mundo

Mientras miras las crisálidas

Buscar abrigo en la luz artificial


En algún momento podrías salir

Ir a algún lugar que es ninguna parte

Con la convicción de la búsqueda

Y volver

Con la conformidad del reencuentro

A escrutar tu rostro en el espejo

A sentir la seguridad de la cobija


Pero no tienes opción


Solo queda encender la chimenea

Esperar tu ración de oscuridad y de silencio

 

 

Cajamarca, mayo, 2021.

 

 

19 octubre 2021

LOS SOMBREREROS

 

El ómnibus paró a un extremo de la pequeña plaza de armas, que daba al hall de un restaurante, simulado con un ligero techo de calamina transparente y una veranda de madera, sin puerta. Era poco más de medianoche. Detrás del mostrador, en un extremo de la pequeña sala llena de mesas vacías, ubicada al fondo, un señor, en camisa manga corta, desabotonada a la altura del ombligo, dormía, derrotado y sudoroso, en una silleta tapada casi totalmente por su cuerpo, de estatura mediana, pero de grosor sin fronteras.

Luego de apiñar sus bolsas de sombreros en un rincón de la sala, el Coche Nico —que a este nombre respondía a sus compañeros de viaje don Nicanor Rodríguez, antiguo comerciante y respetable vecino del Barrio El Cumbe, en Celendín—, abriéndose paso entre los perros que dormían también sin miramientos y los zancudos que esperaban sangre nueva y la trémula voz del bolero que cantaba sola en la noche desde el corazón de una grabadora más antigua que las penas, se acercó al hombre abandonado a sus sueños detrás del mostrador, lo despertó casi a gritos y le ordenó caldos de gallina para todos.

Habían salido de Celendín la madrugada del día anterior, en un viejo microbús que cubría en forma monopólica la ruta a Cajamarca, un tramo duro de trocha y polvareda de cinco a seis horas de zarandeo que dejaba los riñones casi en el cuerpo del vecino y los cabellos irreconocibles. No podían quejarse. En realidad, ellos vivían la modernidad. En tiempo antiguos, sus antecesores cubrían esa distancia a lomo de mula, en algo más de doce horas. Partían al rayar el alba, del camino que cruza entre Malcat y Molinopampa, y llegaban a Los Baños del Inca rendida la tarde. De allí, a la madruga del día siguiente, pastadas debidamente las acémilas y hechos los fiambres, arriaban hacia su destino, dos días más de camino todavía distante.

Ahora, solo habían tenido que pasar unas horas en Cajamarca, como quien visita a los parientes, hasta que saliera el ómnibus que va a la costa, que, haciendo un alto en su larga travesía, los había dejado en esta orilla del destino, el único restaurante de Chilete que atendía después de pasada la medianoche, pensado no en los trasnochadores, como en las ciudades que no son puerto, sino en los comerciantes.

Alrededor de las cuatro de la madrugada llegaría el camioncito que los llevaría, junto a vendedores de ropa, frazadas y monerías, por la cabecera del valle y la empinada cuesta de San Bernardino, hacia San Pablo, una ciudad tatuada sobre la columna vertebral de un cerro ligeramente inclinado en las alturas, definida básicamente por una calle principal, amplia, plural y concurrida, que daba, en su parte inferior, con la plaza de armas, y, posterior, con la interminable campiña.

Llegarían, como viejos conocidos, a sus tiendas, arrendadas con anticipación por una semana, justamente el tiempo que dura la feria.

01 octubre 2021

MARAÑÓN


El remolino de su nombre me trae el recuerdo
De un medio día encendido
En los extramuros
De aquel entrañable abrazo nororiental
Llamado Bellavista
—Que inclina los cerros y anuncia
La inmensidad de la Selva—
Lamentando los ciruelos
Descomponerse entre la hojarasca
En una playa olvidada que se debía
Según los lugareños
A tiempos de su bajo caudal

En tiempos de crecida
De nubes atormentadas sobre las montañas
Sus aguas sedimentosas
Llegaban a la pequeña plaza de armas
En medio de la cual
Unas palmeras gigantescas desafiaban
Los horizontes

Los caminos en aquellos parajes
Por eso
Eran provisionales
Como sus aguas
 
Y me trae también
Bajando el mapa
El recuerdo
De una tarde
Luchando
—Contra el viento helado
Entre el ichu y las rocas enhebradas de la fila de Jelij
En el corazón de la cordillera—
Por descubrir
Su sigiloso avance
Debajo de la neblina
Por entre los tobillos de los soberbios pizarrones de roca madre 
Que se abrazan se separan
Y otra vez se abrazan
Como sosteniendo el abultado vientre
Del planeta
Hasta tumbarse ebrios en los ardientes valles interiores
 
Los hombres que lidian con él
Seducidos por su aparente mansedumbre
En sus esparcimientos frutales
O por sus caídas rocosas
En sus nervios superiores
Tienen por eso
La bravura de sus aguas
Cuando atraviesa la cordillera
Y
La serenidad de sus aguas
Cuando se abandona Selva adentro