19 diciembre 2025

Una cosa es leer poesía 
Otra leer poesía antes que el alba 
Lance su red sobre la arboleda 
En los caminos que se bifurcan
Como una oración

Leer poesía a pecho abierto bajo la lluvia
En la travesía
De cara a los confines

Leer poesía de pie al pie de la montaña
Como una imprecación

A pesar del viento en la inmensidad de la jalca
Leer poesía
Como un conjuro

Leer poesía de cara al musgo
Por encima de las cenizas que sobre los tejados
Van dejando los crepúsculos

Leer poesía cerrando los ojos
Asido a las crines 
De los caballos que otean la noche

Manso definitivo poseso
Expuesto
Leer poesía como un demiurgo 

11 noviembre 2025

Gracias por la lluvia

Por el viento por la garza

Que anuncian su llegada

Por el sol sobre los tejados

Por el viento extendiendo hasta el infinito

El valle 

Por la garza hilvanando la vida en las pasturas

Cuando se ha ido


Gracias por la lluvia

Por la hierba que crece por el árbol que brota


Por la quebrada que impávida trajinó

Las estaciones

Hasta que llegara


Por el puente que no aguardó en vano

Por el techo

Por el abrazo

Por el retorno

Por las aves del viento que se posan sobre la cumbrera


Gracias por la lluvia

Por el comienzo que empieza a cada instante

En el surco

Por la flor en la rama

Por la posibilidad de juntar las manos

Y de compartir los frutos de la tierra

15 junio 2025

ALFONSO PELÁEZ BAZÁN, PRESENTE

Por los años ochenta, iniciando la carrera de derecho en la Universidad Nacional de Trujillo, descubrí en la biblioteca personal de Telmo Horna Díaz, ex director del Colegio Coronel Cortegana de Celendín, en cuya casa viví mi tiempo de estudiante universitario, bajo su respetable sombra, el libro Naticha: cuentos y estampas del Marañón, de Alfonso Peláez Bazán.
Una edición que me supo antigua, propiamente impresa, seguramente con linotipos, en hojas amarillentas ya, engrapadas, con una cubierta ilustrada sobre un fondo se me ocurre ahora gris, con bellos colores básicos, blanco y negro.
Había hecho el hábito de leer a altas horas de la noche, para conjurar el calor, en los pocos tramos de silencio que dejaba una fábrica de conservas de pescado ubicada enfrente de la casa, que estremecía con sus ruidos los cimientos de todo lo que se mantenía en pie.
Leí los cuentos de Peláez Bazán luego de haberme perdido, en interminables noches, por las llanuras donde vengó con su dura belleza los padecimientos de su infancia Doña Barbara, de Rómulo Gallegos.
Quizá por eso, por la continuidad de la magia, no caí en cuenta, en un primer momento, de que los personajes y paisajes con los cuales inquietaba nuestra conciencia el célebre narrador celendino eran los mismos que me refería, en mi infancia, mi abuelo Andrés Gil Cojal, en sus tardes de solaz y de memoria, tumbado a la sombra del capulí, en el viejo alar de la casa paterna.
Los valles y potreros adyacentes al Marañón; los lugareños, gente laboriosa, agraria, telúrica, soñadora; el toro bayo, el noble pollino, cómplices de la lucha por la pervivencia cotidiana; las costumbres, los apegos, las ilusiones que nos eran afines, por vivencias propias o asimiladas, habían sido transportados por Peláez Bazán al mundo mágico de la literatura, en forma magistral, de manera tal que parecían realidades ajenas, no reconocibles en un primer momento, el de la fascinación y entusiasmo que genera la narrativa digna de ese nombre.
Me interesé, entonces, por el autor, al que no tuve la suerte de tratar, pero del cual conocí, luego, su valiosa obra y reconocimientos.
Recuerdo, entre otras cosas, su vespertino Café al Paso, que distribuía personalmente entre los vecinos de las calles principales de Celendín, mediante el cual, además de datos culturales, concisos y elocuentes, hacía conocer sus opiniones sobre asuntos de interés social y local.
Que yo recuerde fue el primero en protestar por la destrucción del mirador de San Isidro y en defender los valores ambientales en nuestra tierra natal.
Sé que ahora se hablará de estas y otras cosas relacionadas con su biografía y su obra, en el local de la asociación de celendinos residentes en Lima.
Ojalá se contemplara la posibilidad de reeditar su obra, para su merecido acercamiento a las nuevas generaciones.

08 marzo 2025

BÚSQUEDAS

La espera esa otra búsqueda
Agua de los ríos de la sierra
Cuya calma lo construyen remolinos interiores
Instante infinito
Camino detenido por otros caminos
Estación de las estaciones
Punto que une a las distancias
Soledad multitudinariamente acompañada
Memoria del tiempo
Río
Desde luego
El río de Heráclito que te trae de vuelta
A las búsquedas ambulantes

27 febrero 2025

CARNAVALES DE ANTAÑO


Ya no son posibles los carnavales de antaño. La ciudad ha dejado de ser el vecindario cómplice y solidario de la cuadra, las calles apacibles y silenciosas, la plaza desolada, las puertas abiertas, el vecino que saluda, la mano extendida, los caminos que traen y llevan al campo circundante. Ya no es posible escuchar a lo lejos el silbido de un violín, el compás de una guitarra, la cadencia de un acordeón, ni reírse de las coplas que de lejos trae el viento. Las calles ahora están atribuladas por el ruido de los motores y las bocinas. Imposible escuchar una parla o una nota musical. Ya no es posible que por la bajada del Cumbe lleguen los trovadores montados a caballo, simulando una ebriedad que no tienen, echándose de atrás para adelante sobre las monturas y cantando sus coplas lugareñas. Que se acerquen a saludar a los vecinos que los incentivan con vasos de chicha de jora y serpentinas. Que dancen con sus caballos alrededor de las banderas. La bajada del Cumbe ahora es paradero de combis y mototaxis, no tiene cabida para el trote de los caballos. Ya no es posible reunirse en las esquinas, por las noches, a dedicarle coplas a la luna, ni durante los días a tirarle globos de agua al sol. La ciudad está ahora congestionada, no se abastece para los transeúntes, no tiene espacio para las patotas, ni para los acaballados, ni confianza para la chicha de jora ni las serpentinas.
 
Celendín, febrero de 2025.

19 febrero 2025

EL AMOR Y EL MAR

El amor necesita del mar
Del vuelo horizontal de sus aves que eludiendo el cielo que cae como un racimo sobre el horizonte
Otean la vida con sus picos formidables
De sus furias fugaces y sus calmas reiteradas
De sus huellas borradas por sus olas
De su persistencia ante el acantilado
De sus renuncias ante los manglares
Por eso el enamorado viene al mar
Como el guerrero al recodo de sus convicciones

01 febrero 2025

UNA LAGUNA EN LA CIMA DE LA MONTAÑA

 

Era un camino delgado y sinuoso de tierra negra que se deslizaba como una serpiente entre los arbustos, el icho y uno que otro roquedal, a través de la ladera, cuyo recuerdo en la vigilia infundía un temor infinitamente mayor al de su tránsito, a pie o a lomo de acémila, en la madrugada o caída la tarde, cuando los rayos del sol tangenciales marcaban las sombras de ida o de regreso.

 

Al fondo de la ladera, circundante a modo de embudo, por entre una pequeña arboleda impuesta sobre los pequeños espacios que dejaban unas rocas blanquecinas colocadas por la naturaleza a modo de filtro, se perdían las aguas diáfanas y gélidas del riachuelo que calmaba la sed de la jalca y del caserío asentado en la cima del Queruisana, que manso y montañoso se levantaba sobre las pampas de Molinopampa, separado de Celendín por algo de media hora de camino de herradura.

 

Era lógico el temor y la curiosidad de centrar la mirada mientras se avanzaba, nunca deteniéndose un momento, en ese punto de misterio hundido abajo en el fondo de la ladera circundante, cubierto de pequeños arbustos entre las rocas blanquecinas, que bien podría ser el sexo de la tierra.

 

Estas aguas, decían los lugareños, no se perdían en realidad en el fondo de la ladera circundante que simulaba un embudo; formaban un río subterráneo, cuyas aguas, atravesando las entrañas de la tierra, brotaban a manantiales al otro lado de la montaña, en la cabecera del valle de Llanguat, y se incorporaban al río La Llanga, tributario del Marañón.

 

Imaginaba, entonces, lo fácil que hubiera sido provocar una laguna, en la cima del Queruisana, con solo tapar con rocas el tragadero de agua allá en el fondo del embudo formado por la ladera circundante, duro de recordar en la vigilia.

 

Otro habría sido el paisaje, me imaginaba, y, cambiado el curso de las aguas, las que rebalsaban la laguna hubieran bajado, regando las faldas del Queruisana, a las pampas de Molinopampa y, tal vez, hasta el fértil valle de Celendín.

 

La Llanga habría perdido, claro, un tributario y el Marañón también, pequeño, pero tributario al fin y fundamental, como todo en la naturaleza.

 

El tiempo ha dejado las cosas en su lugar, sin embargo: el riachuelo perdiéndose en el fondo de la ladera circundante, el río subterráneo atravesando la montaña, el manantial a la cabecera del valle de Llanguat y las aguas diáfanas y gélidas de la jalca mezclándose con las de La Llanga y las de éste con las del Marañón.

 

La laguna en la cima de la montaña ha sido dejada por el tiempo, ordenador inflexible de las cosas, en el paisaje de los sueños.